Learning by Doing: An Internship with Tandana

Camille (right) with her host aunt, and host mother

By Camille Greenfield

I must say it is hard to pick one moment that best describes my time with Tandana, as a part of the horticultural internship. However, there is one memory in particular that occurred in the first few weeks, which would have a major impact on my future projects.

My host family had quickly picked up on my love of plants/nature in general and proposed to go on a family hike. There was much talk about this walk and on each occasion, it was discussed the time of departure was bumped up and anxiousness was palpable. I believed that with the excitement to go on the walk and slightly longer legs, I would be able to make it.

We left at the crack of dawn, bringing snacks for the journey. We walked up to the next community of Larcacunga, which consisted of an hour-long uphill battle, but be assured this was not technically part of the hike. It was merely a side trip to pick up a few more family members to then continue to the real journey.

This hike took place during the wet season, therefore the path greeted us with sheets of slippery mud, taking one step forward and slipping two steps backward. The further we climbed, the more the environment started to change. The trees grew inwards, leaving a wet and moist environment, perfect for moss to grow. In between moments of catching my breath, I noticed my host mom searching through the roots of a plant. I thought she might have dropped something of value and was looking for it. However, only a few meters further, I saw her searching again in the same type of plant, whispering under her breath “esta tierna” (it is unripe), in disappointment. Later on, I found out she was searching for ripe roots to then “chupar” (suck on). Moments later, having been looking down at my feet, I realized that someone had passed me an orchid bulb. My initial thought was to put this beautiful specimen in my bag for safe keeping. The whole group stopped as I reached for my bag, and explained to me that this was yet again meant to be “chupado” (sucked on).

As we reached the top of the mountain, there was more and more chatter about a certain edible delicious plant, called “mortiños” (blueberries). It seemed that the search for this plant was giving the family stamina to pursue this hike. The way they described the plant’s berries, I was automatically given a boost of energy as well. Upon reaching the top of the mountain covered in moss, it now seemed quite normal that my host uncle would climb a tree and shake down piles of miniature oranges. In seconds, my host aunt screamed out, as she had found bushes and small trees of the famous mortiños. Plastic bags started to appear from nowhere, an essential item that one must always carry in the world of Otavalo. Bags were filled to the brim, and overflowing fruits were then stuffed into each other’s mouths. In moments, laughs and giggles were halted, as the neblina (fog) started to engulf us and it was obvious we would need to get home.

Camille’s host uncle

Soon, we were informed by our master guide, host dad, that the group was lost and with this setting neblina (fog), it was 100% likely we would be drenched by the time we would make it home. We slipped and quite literally slid down the hills, with the moss breaking our falls. Through jungly twines and dead branches we swung ourselves over and under vegetation. Finally, we landed on a path that looked like it might have been previously walked on. And we were back on our tracks to home, drenched all the way through, but with smiles and red stains on our lips and fingers.

At moments where oxygen flowed back to my brain, and I was able to formulate coherent thoughts, my mind started to run wild of how I wanted to learn everything that one could about these wild edible plants. I wanted to also be able to run around mountains and pull on trees and eat their sweet fruits and berries. And so I did. I also did the same with medicinal plants that an untrained eye would see as pesky roadside weeds. My project was set.

Before starting our internships and fellowships, Tandana prepares us by asking volunteers one simple question, what is your goal whilst you are here? There could be a series of answers; creating a close bond with your indigenous host family, learning about the culture, improving your Spanish, etc. My goal was to learn about plants in the area and understand their relationship to the community. Having a horticultural background instead of an agricultural background, it was incredible to go past the different foods that are cultivated from Australia to Ecuador, such as yucas and okas (tuberous potato-like vegetables that are unknown in my country). From there, I started a medicinal and wild edible plant club at Saminay, a progressive school that hopes to be self-sustained with the food cultivated on their land.

La tía anfitriona de Camille, la madre anfitriona de Camille, el padre anfitrión de Camille y el tío anfitrión de Camille

Por Camille Greenfield.

Debo decir que me resulta muy duro escoger el momento que mejor describe el tiempo que pasé con Tandana como parte de mi pasantía en horticultura. Sin embargo, hay un recuerdo en particular, que sucedió en las primeras semanas y que tendría un impacto en mis proyectos futuros.

Mi familia anfitriona enseguida se dio cuenta de mi amor por las plantas y la naturaleza en general, y propuso una excursión de senderismo en familia. Se habló mucho sobre ello y en cada ocasión que conversábamos la hora de salida se adelantaba y se podía palpar el nerviosismo. Pensé que con la emoción de la excursión y mis piernas ligeramente más largas de lo normal, sería capaz de ello.

Salimos al amanecer, con abio para el viaje. Subimos hasta el siguiente pueblo  Larcacunga, que consistía en una lucha de una hora cuesta arriba, pero te puedo asegurar que técnicamente ésta no era parte de nuestra excursión. Era simplemente un trayecto adicional para recoger a otros miembros familiares y así continuar el viaje real.

Esta caminata tuvo lugar durante la temporada lluviosa; por lo tanto, el camino nos recibió con zonas de barro resbaladizo, dando un paso adelante y retrocediendo dos hacia atrás. Cuanto más arriba ascendíamos, más cambiaba el ambiente. Los árboles crecían hacia dentro, dejando un ambiente húmedo y lluvioso. Entre momentos para recuperar el aliento, noté que mi mamá de acogida buscaba algo entre las raíces de una planta. Pensé que se le había caído algo de valor y lo estaba buscando. Sin embargo, unos metros más adelante, la vi buscando de nuevo en el mismo tipo de planta, murmurando decepcionada “está tierna”. Después descubrí que buscaba raíces maduras para así  “chuparlas”. Momentos más tarde, mirándome los pies, me di cuenta de que alguien me había pasado un bulbo de orquídea. Al principio pensé en guardar este espécimen tan precioso en mi bolso. Mientras me lo guardaba todo el grupo se detuvo y me explicó que éste era solo para chuparlo.

Mientras alcanzábamos la cima de la montaña, charlábamos cada vez más sobre cierta planta comestible y deliciosa llamada “mortiño”. Daba la impresión de que la búsqueda de esta planta animaba a la familia a continuar este viaje. La manera en que me describieron los frutos rojos de esta planta, me dio una inyección de energía también a mí. Tras alcanzar la cima cubierta de musgo, parecía normal que mi tío anfitrión trepase a un árbol y sacudiese montones de naranjas pequeñas. En cuestión de segundos, mi tía anfitrión dio un grito, ya que había encontrado arbustos y arbolillos con los famosos mortiños. Empezaron a aparecer bolsas de plástico como por arte de magia, un artículo primordial que uno debe siempre llevar consigo en el mundo de Otavalo. Las bolsas se llenaban hasta rebosar y las frutas sobrantes se ponían en la boca de cada uno de nosotros. Al poco rato, dejamos a un lado las risas y carcajadas ya que la neblina comenzaba a cubrirnos y era obvio que debíamos regresar a casa.

Mortiño

Luego, nuestro experto guía (mi papá anfitrión) nos informó que el grupo estaba perdido y con esta neblina encima de nosotros había un 100% de posibilidad de que para cuando llegáramos a casa estuviéramos empapados. Nos resbalamos y deslizamos, literalmente, con el musgo frenando nuestras caídas. Con el uso de cuerdas y ramas muertas nos movíamos por arriba y abajo de la vegetación. Finalmente, acabamos en un camino que recordábamos haberlo caminado antes y nos puso en la dirección correcta hacia casa, empapados pero sonriendo y con manchas coloradas en nuestros labios y dedos de la mano.

Por momentos, cuando el oxígeno volvía a mi cerebro y podía expresarme coherentemente, mi mente empezó a descontrolarse porque ansiaba aprender todo de una vez sobre las plantas silvestres comestibles. También quería correr por las montañas y arrancar los árboles para comer sus dulces frutas; y así lo hice.  Hice lo mismo con las plantas medicinales que cualquier ojo inexperto vería como maleza de carretera.

Antes de iniciar nuestra pasantía, Tandana nos prepara formulando a los voluntarios una sencilla pregunta: ¿cuál es tu objetivo durante tu estancia? Se podrían responder varias cosas como: crear un vínculo cercano con tu familia anfitriona, aprender una cultura nueva, mejorar tu español etc. Mi objetivo era aprender sobre las plantas de la zona y entender la relación de estas con la comunidad. Al tener conocimientos hortícolas en vez de agrícolas, me pareció increíble ver los diferentes alimentos que se cultivan en Ecuador a diferencia de Australia, por ejemplo las yucas y ocas (tubérculos como papas, desconocidas en mi país). A partir de ahí, inicié un club de plantas medicinales y plantas silvestres comestibles en Saminay, una escuela progresista que confía en autoabastecerse con la comida cultivada en su tierra.

Camille

Par Camille Greenfield.

Je dois indiquer qu’il est difficile de sélectionner un moment qui décrit mieux mon temps avec Tandana, dans le cadre du stage horticole. Cependant, il y a un souvenir en particulier qui a eu lieu dans les premières semaines, qui auraient un impact majeur sur mes projets futurs.

Ma famille d’accueil avait rapidement pris mon amour pour des plantes /nature en général et a proposé de faire une randonnée en famille. Nous avons beaucoup parlé de cette randonnée et nous avons discuté de l’heure de départ en toute occasion. L’emotion était palpable. Je croyais qu’avec l’emotion pour faire de la randonnée et avoir des jambes plus longues, je serais en mesure de faire la randonnée.

Nous sommes partis à l’aube. Nous avons apporté des collations avec nous pour le voyage. Nous nous sommes dirigés vers la prochaine communauté de Larcacunga, une heure de bataille difficile, mais soyez assuré que cela ne faisait pas techniquement partie de la randonnée. C’était simplement un détour pour aller chercher quelques plus membres de la famille puis continuer le voyage réel.

Cette randonnée s’est déroulée pendant la saison humide, donc le chemin nous a accueillis avec des feuilles de boue glissante, prenant un pas vers l’avant et glisser les deux pas en arrière.  Plus nous montions plus l’environnement a commencé à changer. Les arbres ont poussé vers l’intérieur, laissant un environnement humide. C’était parfait pour la croissance de la mousse. Entre les moments de reprise du souffle, j’ai remarqué que ma mère hôte cherchait à travers les racines d’une plante.  J’ai pensé qu’elle pourrait avoir laissé tomber quelque chose de valeur et elle la recherchait. Cependant, à quelques mètres seulement, je l’ai vue chercher à nouveau dans le même type de plante. Elle a chuchoté déçue « está tierna » (elle n’est pas mûre). Plus tard je l’ai trouvée dehors recherchais les racines mûres puis « chupar » (sucer). Des moments plus tard, après avoir regardé vers mes pieds, je me suis rendu compte que quelqu’un m’avait passé une ampoule d’orchidée. Ma première pensée était de mettre ce magnifique spécimen dans mon sac pour le garder. Tout le groupe s’est arrêté pendant que j’ai atteint mon sac et ils m’ont expliqué que la plante devait être « chupado » (sucé).

Ampoule à orchidées

Lorsque nous atteignons le sommet de la montagne, il y avait de plus en plus de bavardage au sujet d’une certaine plante délicieuse comestible appelée « mortiños ». Il semblait que la recherche de cette plante donnait une endurance à la famille pour continuer la randonnée. On m’a donné automatiquement un regain d’énergie quand ils ont décrit les baies de la plante. Au sommet de la montagne couverte de mousse, il semblait tout à fait normal que mon hôte oncle grimpât un arbre et le secoue, de sorte que des tas d’oranges miniatures tombent. En quelques secondes, ma tante hôte a crié, car elle avait trouvé des buissons et de petits arbres des célèbres « mortiños ». Les sacs en plastique ont commencé à apparaître de nulle part, un élément essentiel que l’on doit toujours porter dans le monde d’Otavalo. Les sacs ont été remplis jusqu’au bord et les fruits débordants ont ensuite été remplis dans la bouche de l’autre. Soudainement, des rires et des rires ont été arrêtés alors que le « neblina » (brouillard) a commencé à nous engloutir et il était évident que nous devrions rentrer à la maison.

Bientôt, nous avons été informés par notre guide principal, le père hôte, que le groupe était perdu et avec ce paramètre « neblina » (brouillard), il était 100% probable que nous serions trempés au moment où nous serions à la maison. Nous avons glissé et tout à fait littéralement nous avons glissé dans les collines en raison de la mousse. À travers des ficelles de jungle et des branches mortes, nous nous sommes glissés sur et sous la végétation. Enfin, nous avons atterri sur un chemin qui semblait aurait été auparavant piétiné. Et nous étions de retour chez nous, tous mouillés, mais avec des sourires et des tâches rouges sur nos lèvres et nos doigts.

Au moment où l’oxygène retournait dans mon cerveau et je pouvais formuler des pensées cohérentes, mon esprit a commencé à courir de la façon dont je voulais apprendre tout ce que l’on pouvait parler de ces plantes comestibles sauvages. Je voulais aussi pouvoir courir dans les montagnes, chercher sur les arbres et manger leurs fruits sucrés et leurs baies.  Et ainsi je faisais ça. J’ai également fait de même avec des plantes médicinales qu’un œil non formé verrait de mauvaises herbes en bordure de route. Mon projet a été défini.

Avant de commencer nos stages, Tandana nous prépare en posant aux bénévoles une question simple, quel est votre but pour le temps que vous êtes ici ? Il pourrait y avoir une série de réponses ; pour créer une relation étroite avec votre famille d’accueil indigène, apprendre à connaître la culture, améliorer son espagnol, etc. Mon objectif était de connaître les plantes dans la région et de comprendre leur relation avec la communauté. Ayant un milieu horticole plutôt qu’agricole, il était incroyable de passer les différentes denrées cultivées d’Australie en Equateur, comme les yucas et les okas (légumes tuberculeux inconnus dans mon pays). Alors, j’ai commencé un club de plantes comestibles et sauvages à Saminay, une école progressive qui espère être auto-entretenue avec les aliments cultivés sur leurs terres.

Vue du haut de la randonnée

Advertisements

More Than One Home

Melissa (right) with her Tandana host mother

By Melissa Seehausen

During Tandana Orientation, I almost always volunteered to introduce the Tandana blog and find a volunteer from the group to write a blog post. “It’ll be fun and easy!” I sang.

To all those who I placated with this claim, consider this my formal apology.

I returned from Otavalo, Ecuador, from Tandana, and my host families eight weeks ago.

I have started this blog post seven times.

Some of these beginnings are funny, some are melancholic, one is a collection of mediocre poems that I wrote on my daily commute.

All of these beginnings are full of gratitude.

The difficulty of writing a Tandana blog post for a first-time visitor is that it’s easy to get caught up in the nebulous, rich rich rich, newness of the culture and place you’re experiencing when visiting Otavalo. It’s difficult to synthesize it all and put it into words because it’s so new and unfamiliar.

Luckily, I lived in Otavalo for three months in the fall of 2014. So my familiarity with the place and the people should make it easier to synthesize into one blog post, right?

Instead, my past three months spent in Otavalo, working with Tandana, have only made my love and appreciation for a place and a people become more complex and profound.

Here’s my best attempt at an explanation:

When I lived in Otavalo for the first time, I was a university student. I took time off to travel abroad and do a homestay alone, in place of doing a formal study abroad program. I wanted to take time away from school because I was struggling to find community and purpose. I felt like the american university was a time where a self-centered mindset was the overwhelming norm.

I arrived in Otavalo feeling like a small child, barely able to communicate and unaware of cultural norms, like how to make a typical meal, say hello politely, and navigate buying groceries. Even so, my host family accepted and welcomed me with great warmth. Within two weeks, the youngest and shyest of my brothers was calling me “ñaña”, which is an endearing nickname for a sister. In five complete strangers, from a different culture and language, I had found the community I was seeking.

Before arriving I had spent two years experiencing various bouts of loneliness amidst a sea of my peers. While living with my host family, I never once experienced a feeling of loneliness even though I was surrounded by people who were unfamiliar. I left this experience and family filled with guilt and confusion.

How is it that I felt more at home in a culture that wasn’t my own? How would we stay in touch? When would I see them again? How could I return to the US and maintain the lessons that my family taught me? Was anyone going to understand this experience if I tried to explain it?

Upon returning to the US, I experienced an intense and lasting bout of reverse culture shock. My only solace was my determination to return to the highlands of Ecuador and to visit my family as soon as I was able.

Two years later, I was fresh out of university, and all of a sudden, I was in charge of what was next in life. While I had finally readjusted to my American lifestyle and found a wonderful community of people my senior year of university, working with The Tandana Foundation had been on my list of hopes and dreams for quite some time. So, I applied. I have a background in group leading and I felt like there could be few things better than sharing my passion for a place, culture, and people I love and respect enormously.

I returned to Otavalo full of joy and apprehension. What if this time would be different? What if my first experience had been a fluke? Would it be hard to maintain my community in the US while abroad? What if I had forgotten all of my Spanish, or would I be way in over my head now that it was part of my job?

And, this time was different. I lived with a different host family that was part of the Tandana family and located closer to the office. I spoke English regularly because three of my closest co-workers were English speakers. My new host family was much bigger but much shyer. I was working, rather than just a visitor looking to observe and learn.

However, all of these differences allowed me to see new facets of Otavalo, the Kichwa people, and of living abroad. Additionally, I became part of the Tandana family. For the first time, I had a cohort of outsiders who loved the area and culture as much as, if not more than, me.

From my Tandana family, I learned a great deal. Herman taught me about making people laugh and sharing passion openly. Shannon taught me about navigating two worlds while appreciating both rather than declaring one better than the other. Emily taught me about being a good host daughter and how years of commitment create rich connections with a people and place. Anna taught me about honoring the families who were kind enough to take me in and love me as their own.

Melissa (far right) playing an instrument with friends

I also learned a lot through leading Tandana groups and getting to play tourist. I learned about local folklore and legends, indigenous music, funeral games, marriage ceremonies, local colloquialisms & jokes, hikes around Otavalo, holidays, and indigenous foods. While being a tourist is always somewhat of a voyeuristic experience, I was able to take home this knowledge and talk to my host families about what I had learned. They would often laugh when I tried out my new slang, and ask, “Where did you learn that?” As if I were a small child who had picked up a new phrase in school.

My time with Tandana revealed new levels of complexity and beauty in the Kichwa culture, being a host daughter, and being an outsider. I left Otavalo this time feeling full. My three months with my host families and Tandana filled me with community, lessons of generosity, and an understanding of how we can show up for each other by simply being open and present.

When I left Otavalo in 2014, everything felt shaky and surreal. I had experienced a different world and I wasn’t sure how to honor the people I met or incorporate the lessons they taught me. This time, these lessons and people feel like keepsakes. While I’m not with them, I do my best to honor them each day.

A host sister acting goofy

I honor my host mothers by working hard and taking care of those I love with ferocity. I honor my host siblings by sharing my food and embracing the child they taught me is still within. I honor my Tandana family by pushing myself to be open in the communities I find myself in, by engaging in conversations about cultural exchange and volunteer tourism, and by telling endless stories of their intelligence, heart, and hilarity.

In 2014, I felt lost and unsure what these people and this place meant to me. Now, I know without a doubt, that the connections that we make with others are the greatest gifts we are given in life, and I’m overjoyed to know I have a gigantic family in and around Otavalo, Ecuador.

Melissa (segunda desde la izquierda) con su primera familia anfitriona en 2014

Por Melissa Seehausen

Durante la Orientación de Tandana, casi siempre me ofrecía para presentar el blog de la Fundación y encontrar a un voluntario del grupo para que escribiera una entrada de blog. Yo cantaba “¡Será divertido y fácil!”.

A todos aquellos a quienes aplaqué con esta afirmación, les pido que consideren esto como mi disculpa formal.

Regresé de Otavalo, Ecuador, de Tandana y de mis familias huéspedes hace ocho semanas.

He comenzado esta entrada de blog siete veces.

Algunos de estos comienzos son divertidos, algunos son melancólicos, uno es una colección de poemas mediocres que escribí en mis viajes cotidianos.

Todos estos comienzos están llenos de gratitud.

La mayor dificultad que enfrenta una persona que visita Otavalo por primera vez al escribir una entrada de blog para Tandana, es que es facil quedarse atrapado en la riquisima pero difusa novedad de la cultura que se experimenta en este lugar. Resulta dificil sintizar todo y ponerlo en palabras ya que todo es novedoso y desconocido.

Por suerte, viví en Otavalo por tres meses en el otoño de 2014. Por esta razón, mi familiaridad con el lugar y la gente debería hacerse más fácil sintetizar todo en una entrada de blog, ¿verdad?

En cambio, mis últimos tres meses pasados en Otavalo trabajando con Tandana, sólo han hecho que mi amor y aprecio por un lugar y su comunidad se vuelvan más complejos y profundos.

Aquí está mi mejor intento de una explicación:

Cuando viví en Otavalo por primera vez, yo era una estudiante universitaria. Me tomé un tiempo libre para viajar al extranjero y elegí solamente un programa con una familia anfitriona, en lugar de seguir un programa formal de estudio en el extranjero. Yo quería alejarme un tiempo de la facultad porque estaba luchando para encontrar comunidad y propósito. Sentía que la universidad americana representaba un tiempo en el cual la mentalidad egocéntrica una norma abrumadora.

Llegué a Otavalo sintiéndome como una niña pequeña, apenas capaz de comunicarse y desconociendo las pautas culturales como – por ejemplo – cómo hacer una comida típica, saludar cortésmente, y navegar comprando comestibles. Aun así, mi familia anfitriona me aceptó y dió la bienvenida con gran calidez. Al cabo de dos semanas, el más pequeño y tímido de mis hermanos ya me estaba llamando “ñaña”, que es un apodo cariñoso para una hermana. En cinco perfectos extraños, pertenecientes a una cultura y con idiomas diferentes, yo había encontrado la comunidad que buscaba.

Antes de llegar, me había pasado dos años experimentando varios episodios de soledad en medio de un mar de compañeros. Mientras vivía con mi familia anfitriona, nunca experimenté ni una sola vez una sensación de soledad, a pesar de estar rodeada de gente que no me era familiar. Dejé esta experiencia y familia llena de culpa y confusión.

¿Cómo es que me sentí más en casa en una cultura que no era la mía? ¿Cómo nos mantendríamos en contacto? ¿Cuándo los vería de nuevo? ¿Cómo podría volver a los Estados Unidos y mantener las lecciones que mi familia me había enseñado? ¿Alguien iba a entender esta experiencia si trataba de explicarla?

Al regresar a los Estados Unidos, experimenté un intenso y duradero ataque del llamado choque cultural inverso. Mi único consuelo fue mi determinación de regresar a las tierras altas de Ecuador y visitar a mi familia tan pronto como pudiese.

Dos años más tarde, estando recién salida de la universidad, de repente me encontré a cargo de lo que venía en mi vida. Si bien finalmente me había reajustado a mi estilo de vida americano y encontrado un maravilloso círculo de personas en mi último año de universidad, trabajar con la Fundación Tandana había estado en mi lista de esperanzas y sueños durante bastante tiempo. Así que me presenté. Tengo antecedentes en liderazgo de grupo, y sentí que pocas cosas podrían ser mejores que compartir mi pasión por un lugar, una cultura y por personas que amo y respeto enormemente.

Regresé a Otavalo llena de alegría e inquietud. ¿Y si esta vez fuera diferente? ¿Y si mi primera experiencia hubiera sido un golpe de suerte? ¿Sería difícil mantener mi círculo de los Estados Unidos mientras estaba en el extranjero? ¿Y si me hubiese olvidado de todo mi español, o si este estuviera muy por encima de mis posibilidades ahora que era parte de mi trabajo?

Esta vez fue diferente. Viví con una familia anfitriona distinta, que era parte de la familia Tandana y que se encontraba más cerca de la oficina. Hablaba en inglés regularmente porque tres de mis compañeros de trabajo más cercanos eran hablantes de inglés. Mi nueva familia anfitriona era mucho más grande pero mucho más tímida. Yo estaba trabajando, en lugar de ser simplemente una visitante que observaba para aprender.

 Sin embargo, todas estas diferencias me permitieron ver nuevas facetas de Otavalo, el pueblo Kichwa, y vivir en el extranjero. Además, me convertí en parte de la familia Tandana. Por primera vez, yo tenía una multitud de forasteros que amaban la zona y la cultura tanto como yo, si no más.

Melissa (a la derecha) y su amiga Emily

De mi familia Tandana aprendí mucho. Herman me enseñó a hacer reír a la gente y a compartir la pasión abiertamente. Shannon me enseñó a navegar en dos mundos mientras apreciaba ambos, el lugar de juzgar si uno era mejor que el otro. De Emily aprendí a ser una buena hija acogida y también cómo los años y el compromiso crean conexiones ricas con un lugar y su gente. Anna me enseñó a honrar a las familias que fueron lo suficientemente amorosas como para recibirme y amarme como a una hija propia.     

También aprendí mucho guiando a los principales grupos de Tandana y haciendo turismo. Aprendí sobre el folklore y las leyendas locales, la música indígena, los rituales funerarios y ceremonias matrimoniales, coloquialismos locales y bromas, paseos por Otavalo, vacaciones y comidas indígenas. Si bien ser turista siempre tiene algo de experiencia voyeurista, logré llevar a casa este conocimiento y hablar con mis familias anfitrionas sobre lo que había aprendido. A menudo se reían cuando yo probaba mi nueva jerga, y me preguntaban “Dónde aprendiste eso?”, como si yo fuese una niña pequeña que había aprendido una nueva frase en la escuela.   

El tiempo que pasé con Tandana reveló nuevos niveles de complejidad y belleza de la cultura Kichwa, siendo simultáneamente una hija acogida y una extraña. Esta vez, dejé Otavalo sintiéndome plena. Mis tres meses con mis familias anfitrionas y con Tandana me llenaron de sentido comunitario, de lecciones de generosidad, y de comprensión sobre cómo podemos brindarnos a otros simplemente estando abiertos y presentes.

Cuando me fui de Otavalo en 2014, todo parecía tambaleante y surrealista. Yo había experimentado un mundo diferente y no estaba segura sobre cómo honrar a las personas que había conocido, o de cómo incorporar las lecciones que ellos me habían enseñado. Esta vez, estas personas y sus lecciones se sienten como recuerdos. Aunque no estoy con ellos, hago lo mejor que puedo para honrarlos cada día.

Un hermano anfitriono divertiéndose

Honro a mis madres anfitrionas trabajando duro y cuidando de aquellos que amo con intensidad. Honro a mis hermanos anfitriones compartiendo mi alimento y abrazando a la niña que ellos me enseñaron aún está en mi interior. Honro a mi familia Tandana impulsándome a ser abierta en las comunidades en las que me encuentro, participando en conversaciones sobre intercambio cultural y turismo comunitario, y contando historias interminables sobre su inteligencia, sus almas y sus risas.

En 2014, [al llegar a Ecuador] me sentía perdida e insegura sobre lo que estas personas y este lugar significarían para mí. Ahora sé sin lugar a dudas, que las conexiones que hacemos con los demás son los mayores dones que se nos dan en la vida, y estoy muy contenta de saber que tengo una familia gigantesca en Otavalo, Ecuador, y sus alrededores.

Melissa (deuxième à partir de la gauche) avec sa famille d’accueil Tandana en 2017

Par Melissa Seehausen

Pendant le parcours d’intégration Tandana, j’étais presque tout le temps volontaire pour présenter le blog de Tandana et pour trouver un volontaire dans le groupe pour écrire un article. Je disais : “Ce sera facile et amusant !”

Pour tous ceux que j’ai rassuré avec cette affirmation, considérez ceci comme mes excuses officielles.

Je suis revenue de Otavalo, Équateur, (de Tandana) et mes familles d’accueil il y a huit semaines.

J’ai recommencé cet article sept fois.

Certains de ces commencements sont amusants, certains sont mélancoliques, l’un d’entre eux est une suite de poèmes médiocres que j’ai écrit lors de mon trajet quotidien.

Tous ces commencements sont pleins de gratitude.

La difficulté de rédaction d’un article sur le blog de Tandana pour un visiteur de la première fois réside dans le fait qu’il est facile d’être attrapé dans la vaste, riche riche riche nouveauté de la culture et de l’endroit que l’on expérimente lorsque l’on visite Otavalo. C’est difficile de résumer tout cela et de mettre des mots dessus parce que c’est tellement nouveau et inhabituel.

Par chance, j’ai habité à Otavalo pendant trois mois de l’automne 2014. Donc mes connaissances de l’endroit et des gens auraient dû rendre la synthétisation dans un article de blog plus facile, n’est-cepas ?

Au lieu de cela, mes trois derniers mois passés à Otavalo, à travailler avec Tandana, ont simplement rendu mon amour et ma reconnaissance pour un endroit et des gens plus complexe et plus profond.

Voici ma meilleure tentative d’explication :

Lorsque j’ai vécu à Otavalo pour la première fois, j’étais étudiante à l’université. J’ai pris du temps libre pour voyager à l’étranger et rester à la maison seule, au lieu de suivre un programme universitaire d’études à l’étranger. Je voulais prendre du temps loin de l’école parce que j’avais du mal à trouver une communauté et un but. Je sentais que l’université Américaine était à un moment où un état d’esprit égoïste était la norme écrasante.

Je suis arrivée à Otavalo me sentant comme une jeune enfant, à peine capable de communiquer et inconsciente des normes culturelles, comme la manière de faire un repas typique, dire bonjour poliment, et m’orienter pour faire les courses. Malgré tout, ma famille d’accueil m’accepta et m’accueillit chaleureusement. En deux semaines, le plus jeune et le plus timide de mes frères m’appelait “ñaña”, ce qui est un surnom attachant pour une sœur. Dans cinq personnes complétement étrangères, d’une langue et d’une culture différente, j’avais trouvé la communauté que je recherchais.

Avant d’arriver, j’ai passé deux ans à expérimenter différentes périodes de solitude au milieu d’une mer de mes pairs. Pendant que je vivais avec ma famille d’accueil, je n’ai jamais expérimenté un sentiment de solitude bien que j’étais entourée de personnes peu familières. J’ai quitté cette expérience et cette famille remplie de culpabilité et de confusion.

Comment est-ce possible que je me sente davantage chez moi dans une culture qui n’était pas la mienne ? Comment allons-nous rester en contact ? Quand les reverrais-je ? Comment pourrais-je retourner aux États-Unis et maintenir les leçons que ma famille m’a appris ? Quelqu’un va-t-il comprendre mon expérience si j’essaie de l’expliquer ?

En revenant aux États-Unis, j’ai subi une longue et intense période de choc culturel inversé. Mon seul réconfort fut ma détermination pour retourner dans les hautes terres de l’Équateur et rendre visite à ma famille dès que je pouvais.

Deux ans plus tard, je suis sortie de l’université, et tout d’un coup, j’étais responsable de ce qui m’arriverait après dans la vie. Alors que je m’étais finalement réajusté à mon style de vie Américain et que j’avais trouvé une communauté de personnes merveilleuses la dernière année d’université, travailler avec la Fondation Tandana était sur ma liste d’espoirs et de rêves depuis pas mal de temps. J’ai donc postulé. J’ai une formation en gestion de groupes et je sentais qu’il ne pouvait y avoir mieux que de partager ma passion pour un lieu, une culture, et des gens que j’aime et je respecte énormément.

Je suis retournée à Otavalo pleine de joie et d’appréhension. Et si cette fois serait différente ? Et si ma première expérience avait été un hasard ? Serait-ce difficile de conserver le contact avec ma communauté aux États-Unis pendant que je suis à l’étranger ? Et si j’avais oublié tout mon Espagnol ? Serait-il insuffisant maintenant que c’était une partie de mon travail ?

Et, cette fois fut différente. J’ai vécu avec une autre famille d’accueil qui était membre de la famille Tandana et situé plus proche du bureau. J’ai parlé en Anglais régulièrement parce que trois de mes collègues les plus proches étaient Anglophones. Ma nouvelle famille d’accueil était bien plus grande mais bien plus timide. Je travaillais, au lieu d’être seulement une invitée cherchant à observer et à apprendre.

Toutefois, toutes ces différences m’ont permis de voir des nouvelles facettes d’Otavalo, le peuple Kichwa, et de vivre à l’étranger. En plus, je suis devenue membre de la famille Tandana. Pour la première fois, j’avais autour de moi une cohorte d’étrangers qui aimait la région et la culture autant que, sinon plus que moi.

J’ai beaucoup appris de ma famille Tandana. Herman m’a appris à faire rire les gens et à partager une passion ouvertement. Shannon m’a appris à me diriger dans deux mondes en appréciant les deux plutôt que déclarer que l’un est meilleur que l’autre. Emily m’a enseigné comment être une bonne fille hébergée et comment les années et la détermination créent des connections riches avec les gens et les lieux. Anna m’a appris comment honorer les familles qui eurent la bonté de m’accueillir et de m’aimer comme les leurs.

Melissa joue avec des enfants

J’ai également beaucoup appris en menant les groupes Tandana et en jouant la touriste. J’ai appris au sujet du folklore local et des légendes, la musique indigène, les rituels funéraires, les cérémonies de mariage, les expressions familières locales et les blagues, les randonnées autour de Otavalo, les vacances, et les recettes de cuisine indigènes. Etant donné qu’être une touriste est toujours une sorte d’expérience de voyeurisme, je rapportais à la maison ces connaissances et j’en parlais à ma famille d’accueil. Ils riaient souvent lorsque j’essayais mon nouveau jargon et ils demandaient « Où as-tu appris cela ? » Comme si j’étais un enfant qui a ramené une nouvelle phrase de l’école.

Mon temps avec Tandana a révélé des niveaux de complexité et de beauté nouveaux dans la culture Kichwa, en étant une fille hébergée et en étant une étrangère. J’ai quitté Otavalo cette fois-ci avec un sentiment de plénitude. Les trois mois avec ma famille d’accueil et avec Tandana m’ont rempli de notions de communauté, de leçons de générosité et d’une compréhension de la façon dont nous pouvons nous montrer l’un pour l’autre en étant simplement ouvert et présent.        

Lorsque j’ai quitté Otavalo en 2014, tout me semblait terrifiant et surréel. J’avais expérimenté un monde différent et je n’étais pas certain de la manière avec laquelle je pouvais honorer les gens que j’ai rencontré et assimiler les leçons qu’ils m’ont enseigné. Cette fois-ci ces leçons et les gens sont comme des souvenirs. Alors que je ne suis pas avec eux, je fais de mon mieux chaque jour pour les honorer.      

J’honore mes mamans d’accueil en travaillant dur et en prenant soin de ceux que j’aime avec férocité. J’honore mes frères et sœur d’accueil en partageant mes repas et en accueillant l’enfant qui est toujours en moi et qu’ils m’ont appris à voir. J’honore ma famille Tandana en me poussant à être ouverte aux communautés dans lesquelles je me trouve, en engageant des conversations sur l’échange culturel et le tourisme bénévole, et en racontant des histoires sans fin sur leur intelligence, leur cœur, et leur hilarité.

Melissa (à droite) avec un partenaire Tandana

En 2014, je me sentais perdue et incertaine sur le sens que cet endroit et ces gens avaient pour moi. Maintenant, je sais sans aucun doute, que les liens que nous créons avec les autres sont les plus grands cadeaux que la vie peut nous donner, et je suis extrêmement heureuse de savoir que j’ai une famille gigantesque à Otavalo et autour, en Équateur.

Mix of Traditional and Western Medicine

Joanna working in the lab during a health care volunteer vacation

By Joanna Caldwell

During one of my first days working with the Tandana Foundation, I went to a foundation in Otavalo called Vista Para Todos with a few patients to see an ophthalmologist. The patients’ eyes were burning and itching, and the doctor prescribed each of them the same medicine and also recommended they wash their face with “agua de manzanilla.” I wanted to know what this secondary treatment was, so when I got home, I immediately looked up the word to find it meant chamomile. “Chamomile?” I thought to myself. Why would the ophthalmologist recommend chamomile water? This was the first experience I had with the mix of traditional and western medicine, something very prominent in health care here in Otavalo, Ecuador and the surrounding areas.

A few weeks later, I got sick with something that I diagnosed as traveler’s diarrhea. My host mom here diagnosed it as “mal aire” (bad air), which I had caught from climbing the avocado tree without asking permission. By the way, now that the tree knows me, I can climb it with no risk of catching mal aire.

As the health intern, I was fascinated by the mix between treatments that derive from long-practiced ceremonies or long-used medicinal plants versus treatments that derive from western medicine, many of which were tested in clinical trials that may or may not provide more proof than hundreds of years of successful practice. For example, for my illness, I both took Imodium and was cured by my mom through a procedure that involved rubbing an egg all over my body to soak up the bad air and ended with me spitting three times on the egg and giving her a coin so she didn’t catch bad air from me. The part that was most powerful to me was that throughout, she was gagging and saying that I had “mucho mal aire” (so much bad air). This physical reaction to something that I couldn’t see or really even feel shocked me. At the time I felt guilty that my bad air had affected my mom so forcefully, but I just did as I was told and rested without seeing anyone else that night. In the morning, I did feel better (although later that day and the rest of the week I think I re-caught the bad air)

Joanna (right) with her host sister

. My host sister told me to drink aguita de oregano, another treatment that I had never heard of ‘sfor stomach problems. After my Internet search, though, I believed in the powers of oregano tea completely and even made it for myself a few weeks ago for stomach problems (despite my disinterest in oregano and the fact that it made my thermos taste like oregano for two days after). Oregano-tasting coffee is not my jam. I don’t recommend it.

I was drinking this flavorful coffee the same week I had my third encounter with the mix of traditional and western medicine here. We had a group of doctors and other volunteers here and were going to far-away communities every morning to offer medical care. In the afternoon we found ourselves guided by a woman of about 50 or 60 telling us about one of her patients who she would cure with the herbs she collected along our hike through the woods. She told us about her passion for learning about the medicine that her ancestors practiced, and as we walked, she told us about the different healing qualities that each plant has. “This plant is good for stress,” she would say, or “This one we use to get rid of bad energy.”

As someone who for a long time wanted to go into medicine, but recently has been much more interested in community health and even anthropology, the juxtaposition of a morning providing western medicine and an afternoon of being taught about medicinal plants was perfect. Our time here is not based on a “we will rescue you” mindset. We are not here to “save” anyone. Instead, we are here to cultivate mutual respect and admiration. We are also here to learn. The people who invite us into their communities give just as much to us as we give to them, and one of the most important things we do here is honor the exchange of knowledge and respect their well-founded traditions. I hope that the doctors that were here during this trip realized the importance of traditional medicine and were inspired to learn more. The communities here have adapted the most helpful medical practices of more than one culture. I have already learned an incredible amount about medicine that I can use going forward, and I hope to learn more from these new ways of understanding healing medicine.

 

An Ecuadorian women showing a medicinal plant that helps individuals when they are out of breath

Por  Joanna Caldwell

Durante uno de mis primeros días trabajando con la Fundación Tandana, fui a una fundación en Otavalo con pocos pacientes, llamada Vista Para Todos, para ver al oftalmólogo. Los ojos de los pacientes abrasaban y picaban, el doctor les prescribió a cada uno de ellos la misma medicina, y también les recomendó que se lavaran su cara con agua de manzanilla. Yo quería saber qué era el segundo tratamiento, así que cuando llegué a casa, inmediatamente busqué la palabra y encontré el significado manzanilla. ¿Manzanilla? Pensé en mi, ¿Por qué el oftalmólogo recomendaría agua de manzanilla? Esta fue la primera experiencia que tuve con la combinación de medicina tradicional y occidental, algo muy notorio en el cuidado de la salud aquí en Otavalo, Ecuador, y en áreas circundantes.

Unas pocas semanas más tarde, me puse enferma de algo que diagnostiqué como la diarrea del viajero. Mi madre de acogida lo diagnosticó como «mal aire», del cual me había contagiado por trepar al árbol del aguacate sin pedir permiso. Por cierto, ahora que el árbol me conoce, puedo treparlo sin riesgo de contagiarme de mal aire.

Como residente en prácticas, estaba fascinada por la combinación entre tratamientos que provienen de ceremonias practicadas de antaño o de plantas medicinales utilizadas desde hace mucho tiempo, frente a tratamientos que provienen de la medicina occidental, muchos de los cuales han sido evaluados con ensayos clínicos, que pueden o no, aportar más evidencias que cientos de años de prácticas satisfactorias. Por ejemplo, para mi enfermedad, para ambas tomé Imodium, y me curó mi madre a través del método que implicaba frotar un huevo por todo mi cuerpo para absorber el mal aire, y terminaba escupiendo tres veces al huevo y dándole a ella una moneda, así no se le contagiaba el mal aire. La parte que para mí fue más intensa, fue que durante el proceso, ella se atragantaba y decía que tenía «mucho mal aire». Esta reacción física a algo que no podía ver o sentir, me aturdía. En aquel momento, me sentí culpable de que el mal aire hubiera afectado tan violentamente a mi madre, pero simplemente hice lo que se me dijo y descansé sin ver a nadie más esa noche. Por la mañana, me sentí mejor (aunque después de ese día y el resto de la semana pensé que había vuelto a coger el mal aire). Mi hermana de acogida me dijo que bebiera agüita de orégano, otro tratamiento para los problemas estomacales del que nunca había oído hablar. Después de mi búsqueda en internet, pensé: «creo en los poderes del té de orégano completamente» e incluso me lo hice unas pocas semanas atrás para problemas estomacales (a pesar de mi desinterés por el orégano y por el hecho de que hiciera que mi termo supiese a orégano durante dos semanas). El café con sabor a orégano no me deleita. No lo recomiendo.

Estuve bebiendo este café lleno de sabor, la misma semana que tuve mi tercer encuentro con la combinación de medicina tradicional y occidental. Aquí, tuvimos un grupo de médicos y otros voluntarios que iban a comunidades lejanas cada mañana, para ofrecer cuidado médico. Por la tarde, nos guió una mujer de unos cincuenta o sesenta años, y nos contó que uno de sus pacientes se había curado con hierbas que ella había recogido durante nuestra caminata por el bosque. Nos contó sobre su pasión por aprender la medicina que sus antepasados practicaban, y así como andaba, nos contaba las diferentes cualidades curativas que cada planta tenía. Decía: «esta planta es buena para el estrés» o «esta la utilizamos para deshacernos de la mala energía».

Como alguien que por un largo periodo de tiempo quiere entrar en medicina, pero recientemente se ha interesado más en la salud de la comunidad e incluso la antropología, la yuxtaposición de una mañana aportando medicina occidental y una tarde siendo enseñada sobre plantas medicinales, fue perfecta. Nuestro tiempo aquí no se basó en actitudes de «te rescataremos». No estamos aquí para «salvar» a nadie. En lugar de esto, estamos aquí para cultivar respeto mutuo y admiración. También estamos aquí para aprender. La gente que nos invitó a sus comunidades, nos dio tanto como nosotros les dimos a ellos, y una de las cosas más importantes que hacemos aquí, es apreciar el intercambio de conocimientos y respeto con sus tradiciones fundadas. Espero que los médicos que estuvieron aquí durante este viaje, se dieran cuenta de la importancia de la medicina tradicional y se inspiraran en aprender más. Aquí, las comunidades han adaptado las prácticas medicinales más útiles de más de una cultura. Ya he aprendido una cantidad increíble sobre medicina que puedo utilizar yendo hacia adelante y espero aprender más de estas nuevas maneras de comprender la medicina curativa.

Joanna (izquierda) con un miembro del personal de Tandana durante una vacación de voluntarios de la salud

Par Joanna Caldwell

Lors de l’un de mes premiers jours avec la Fondation Tandana, je suis allée dans un centre médical à Otavalo appelé Vista Para Todos, avec deux patients, pour consulter un ophtalmologiste. Les patients se plaignaient de sensations de brûlure des yeux accompagnées de démangeaisons. Le médecin leur prescrit le même médicament et recommanda également qu’ils se lavent le visage avec de l’ « agua de manzanilla. » Comme je voulais savoir ce que cela signifiait, je regardai la signification en rentrant chez moi et découvris que cela signifiait camomille. « Camomille ? » Je me mis à réfléchir. Pourquoi l’ophtalmologiste recommande t-il de l’eau de camomille ? C’était la première fois que j’assistais à la prescription d’un traitement combinant médecines traditionnelles et occidentales, un phénomène très important ici à Otavalo, en Ecuador et dans les régions avoisinantes.

Quelques semaines plus tard, je tombai malade. Je me diagnostiquai comme atteinte de la diarrhée du voyageur. La mère de mon hôte qualifia ma maladie de « mal aire » (mauvais air), que j’aurais attrapé en escaladant l’avocatier sans demander la permission. N’ayez crainte, maintenant que l’arbre s’est habitué à ma présence, je peux l’escalader sans risque d’attraper le «mal aire».

Étant stagiaire en santé, cela fût très intéressant d’assister à l’association de ces différentes formes de médecines avec d’un côté des traitements dont les origines sont anciennes (cérémonies ou plantes médicinales) et de l’autre des traitements prisés par la médecine occidentale, testés dans des cliniques. Les résultats de ces tests constituent-ils de meilleures preuves que des centaines d’années de pratique réussie? Ainsi, lorsque je tombai maladie, je pris de l’Imodium tout en étant soignée par ma mère. Elle frictionna un œuf sur mon corps, de manière à ce qu’il s’imprègne du mauvais air. Et, pour terminer le traitement  je crachai trois fois sur l’œuf et offris une pièce de monnaie, pour éviter qu’elle soit contaminée par ma maladie. Je fus frappé par deux choses: le fait que, pendant le traitement, ma mère se soit bâillonnée et qu’elle me dise atteinte de « mucha mal aire » (beaucoup de mauvais air). La réaction physique que j’éprouvais pour quelque chose d’invisible et d’imperceptible était bien réelle. Je me sentais coupable car mon mauvais air avait fortement impressionné ma mère. Je fis ce que l’on me demanda: je restai seule toute la nuit. Au matin, je me sentais bien mieux (bien que plus tard ce jour-là et le reste de la semaine je pense que avoir été de nouveau atteinte de mauvais air). Ma sœur d’accueil me dit de boire de « l’aguita de origan », un autre traitement pour les maux d’estomac, dont je n’avais jamais entendu parler. Après avoir fait des recherches sur Internet, j’ai complétement confiance dans les pouvoirs de thé à l’origan. J’en ai même fait il y a quelques semaines pour soigner mes problèmes d’estomac (malgré mon indifférence pour l’origan et le fait qu’il parfume mon thermos pour plusieurs jours). Le gout d’origan dans le café n’est pas ma tasse de thé. Je ne vous le recommande pas.

Je buvais ce même savoureux café, lorsque je fis pour la troisième fois l’expérience de la combinaison de la médecine traditionnelle et occidentale. Nous avions un groupe composé de médecins ainsi que d’autres bénévoles et nous rendions visite à des communautés éloignées, tous les matins, pour offrir des soins médicaux. Un l’après-midi, une femme d’environ 50 ou 60 ans nous parla de l’un de ses patients qu’elle avait guéri grâce à des herbes cueillies pendant notre randonnée dans les bois. Elle nous parla de sa passion pour l’apprentissage de la médecine pratiquée par ses ancêtres, et pendant que nous marchions, elle nous expliqua les bienfaits de chaque plante. « Cette plante est bonne pour le stress », nous dit-elle, ou encore « celle-ci nous permet de vous débarrasser de la mauvaise énergie. »

J’ai, depuis longtemps, souhaité étudier la médecine, mais, récemment, j’ai développé un intérêt pour la santé communautaire et l’anthropologie. Étudier le matin la médecine occidentale et l’après-midi les plantes médicinales fut donc parfait pour moi. Le temps que nous passons ici ne doit pas être limité à une fonction salvatrice.  Car «sauver» les gens n’est pas la raison de notre visite. Nous sommes ici pour cultiver l’admiration et le respect mutuel. Nous sommes ici pour apprendre. Ces personnes qui nous invitent dans leurs communautés  nous apporte autant que nous leurs apportons, et il est important que nous honorerions cet échange de connaissances et que nous respections leurs traditions. J’espère que les médecins qui étaient ici au cours de ce voyage se sont rendu compte de l’importance de la médecine traditionnelle et qu’ils chercheront à savoir plus. Ces communautés ont enrichi leurs pratiques médicales multiculturelles, au fil du temps. J’ai beaucoup appris sur la médecine que je souhaite utiliser plus tard, et j’espère continuer mon apprentissage grâce à ces nouvelles perspectives.

Joanna (à gauche) avec un bénévole pendant les vacances de bénévoles en soins de santé

What Connects Two Worlds: Sharing Experiences and Strengthening Relationships

Shannon (in the orange hat) with host family members and a friend in Ecuador

By Shannon Cantor

“Click here to confirm your flights.” I was prompted by the small tablet screen. “Ida: Quito-Baltimore, December 19, 2016; Vuelta: Baltimore-Quito, December 26, 2016.” I had just talked to my mom, and my grandmother was sick. Her birthday is the day after Christmas, and no one knew how many more she would have. I was scared and in a hurry. I clicked “purchase.”

The problem: definitions, explanations, and representations (Oh My!)

Over the days and weeks following my decision to go back to the States for Christmas, I began to dread the excursion with an anxiety that haunted my dreams. Quite literally. At first, I couldn’t pinpoint the source of my panic. Seeing my grandmother sick? Staying for less than one, short week? Meeting others’ (or my own) expectations?  Probably a mix of all three, and more.

At some point during this time of self turmoil and psychoanalysis, I received a follow-up email from Anna, together with an article she had written. While “Meta Ethics” may sound like a daunting, distant theme, it spoke directly to my situation, and placed words on the anxiety I had been struggling to define. The article treated the difficulty of ethical portrayal; that is to say, how to speak about others who are different without cutting their agency or reducing their complexity. Especially in the context of explaining cross-cultural experiences, it becomes too easy–even subconsciously so–to fall into a description focused on surface-level images instead of human individuals. Reading this perspective of the problem, I realized that this was my biggest fear: I was bothered by this problem of representation. I was bothered by wanting to share an experience with an audience I didn’t think could understand; and I was scared that any attempt to do so would somehow re-enforce a mis-placed focus on material trivialities.

The most potent conviction I had learned since starting to work with Tandana, welcomed into its large community of family and friends, is the complete irrelevance of questions looking to gawk or “wow” at a culturally novel object. . It doesn’t matter to me how hard, or easy, or plush, or rural this experience has been in physical terms; way more interesting and impactful have been the people and relationships that have taught me so much. But I didn’t know how to explain this reality without painting an exaggerated picture of some weird “authentic, native, who-knows-what” stereotype to which I felt some of myfamily and friends were already predisposed.  How was I supposed to represent/ re-tell what I had learned to be real, normal, daily living? How would (and could?) I answer questions based on misconstrued ideas of “rural authenticity” or “helping development”–without solidifying the offensive frame of the question itself? Was there a way to communicate experiences and relationships over surface-level facts? I didn’t trust myself to do a good job; I didn’t trust that the beautiful complexity of any human being could be described in words; and I didn’t even trust that my patience for it all would withstand the short week during which I would be attempting such a task. I saw myself steaming in a corner in tired frustration, at both the questions I expected and my insufficient answers to them.

Shannon (on the far right, in the front row, kneeling in traditional dress) with members of the Tandana family

The plan: self-representation or bust

The more I thought, the more I considered, “Perhaps this is the issue: perhaps I expect a perspective that sees a different form of life as somehow to be pitied, or to be admired, or to be held out in a museum exhibition for some final, conclusive, and of course completely infallible, verdict.” In this light, my big self-challenge then became to communicate that a different form of life is still only and beautifully just that–life itself. While I have never believed that recognizing difference is bad–and in fact celebrate the diversity of this world as incredible–some socially-created stamp of “culture” often supersedes the actual humans in the images we paint. Entering back into the United States, I wanted to engage in productive dialogues that would recognize individuals beyond just the novelty of culture, and see that such diversity is even more beautiful as adornment to the common denominator of shared humanity.

I had learned to appreciate individuals that I met in Ecuador because I knew those individuals in real and thriving relationships, where each person expressed him/herself in a way that showed his/her beauty to the world. While I could never bring my Ecuadorian family and friends to meet those in the States, my representation of the former had to strive for a simulation of this meeting–so that the latter, too, would get to understand the person I had come to know and love (as opposed to just my experiences). Two strategies developed in my plan of action to arrange these virtual meetings: the first was to carry an object of self-representation. To give one example, I would bring back my host sister, Claudia’s, cook book, which she developed for her own project in tourism, and which manifests her creativity and hard work. Perhaps I cannot speak well to describe her, but perhaps she could add to my descriptions through the object of her own expression. The second strategy was presented in Anna’s article– that of meta-explanations. The idea was this: draw attention to the insufficiency of representation, and thus appreciation for the human incapable of being captured. In other words, point out the obvious failing of my ability to describe, as point in case of the incredible complexity of what it is I am describing (i.e., a person or relationship). To use the same example, I would run my attempted explanation of Claudia, her vision for a project in tourism, and her strong dream to include the community in preservation of their culture. I would also use the cookbook to “let her speak,” through specific examples of her creative touch to traditional recipes. But I would end with a comment that pointed out the obvious fact of my insufficient story-telling–“…and I can only describe a fraction of what the family has taught me. If you really want to know the details, talk to the master-minds behind the whole thing…”–or something along those lines.

Although I didn’t expect to communicate perfectly, I felt somewhat more at ease–armed with vocabulary to describe my thoughts and strategy to deal with my anxiety.

The reality: over-estimating my levels of exciting

I got lost three times within ten minutes of arrival at the Miami airport, and knew I was no longer in my element. With this being only the smallest example of the cultural shockers I’ll save for another discussion, on top of the difficult state of my grandmother’s health, I can’t lie to say that the week was all “fun.” Much of what I feared in the line of questioning did, in fact, come to (and stay on) the surface. Much of it tilted towards the political, and much directed interest to the simply material comforts of my life that have become quite secondary in importance to me. That said, there was little follow-up after the initial questions on these themes. I was commonly asked one or two questions, and then the conversation moved on when I failed to wow with a crazy, cultural, who-knows-what from my experiences. This tendency to change the subject more quickly than I had expected made life easier. However, my hope had been to somehow find words to open mutually-challenging conversation. Perhaps idealistically, I had the goal of invoking some reflection–albeit without clarity as to how exactly that would happen. Christmas week passed in a whirl, despite the hype of pre-trip anxiety, and I landed back in Ecuador feeling an emotional jet lag that was just as strong as the physical.

Every story weaves certain threads more prominently than others, in order to underline its take-away for the final reveal. I have done the same, and therefore failed to mention the essential fact that I remain genuinely thankful to have traveled home for Christmas. It was a gift to see my grandmother, a privilege to see my extended family, and a joy to be with my parents and siblings. Conversations with my immediate family, further, were supportive and fantastic; they connected with what I tried to express and were genuinely excited to share. Obviously, not all of our time was spent talking about me (a good thing, of course), but for the sake of this blog, I summarize to say: I am thankful for them as people who see human beings over cultural stereotypes, and I recognize our opportunity to spend time together as a gift. The whole trip, in fact, formed an experience that was either a joyful privilege or a less-joyful privilege, but a privilege all the same. As with every strange or difficult situation, it proved instructive and energizing in a different sense–and therefore was a valuable opportunity for which I am thankful.

So, what “take-away lesson” do I pull from a whirlwind week? What can I say after a cathartic process of anxiety, plans, apathy, and post-reflection? Bear with me when I observe: People really don’t take much interest in anything, until it weaves its way to touch their own experience. This judgment may sound harsh or cynical; but I don’t propose it as a quality good or bad in either direction. In fact, I see it as self-inclusive, completely understandable, and universally applicable to one degree or another. More, I have read this idea a million times over in theory, in literature, in testimony, that personal experience resonates more deeply than any other chord. But it was so clearly demonstrated in the majority of my conversations in the States: I was so excited to share certain parts of my experiences, while these parts clearly most resonated with… of course…me. Likewise, the aspects that many others asked to hear were simply the aspects that touched their personal experiences–and we all prove to be examples of this common characteristic.

The application: translating personal experience

My questions have now developed, as I return to Ecuador, excited to continue grappling with the lessons I’m learning: how can we translate experiences, so that they better touch others as if they were their own? And, also, how can we deepen the impact of personal experience itself, so that the connections we seek afterwards are of this same, profound nature? Just as I planned tools to aid with self-representation,  I wonder at the development of tools to help translate and digest experience–with the end of communicating more than a superficial thrill of novelty, and instead the deep impression that a situation has left (almost always either a relationship or a lesson, and most commonly a combination of the two). Perhaps this tool could manifest as a collection of self-told stories, which cover an array of differently-expressed concepts. Or perhaps it takes shape as an informational resource database of cultural, geographical, and political information. Perhaps multiple tools are needed to aid in the translation of one, single thought–for different personalities will respond to different stimuli, and the more connection points presented, the more likely that any given individual will resonate with some of these styles. Whatever the form, at this point undefined, these tools would also necessarily be products of many ideas, many mediums, and many people working together. In this sense, even the projects themselves–in both the mode of their creation and the design of their use– would become catalysts for the development and strengthening of relationships.

“I’ll be home for Christmas” has, for me, taken on new meaning. It involved a pre-trip stress that pushed me to reflect and research resources, a mid-trip mix of emotions, and a debrief lesson that is motivating towards application. I don’t expect that transitioning between cultures and mindsets will ever be easy for anybody. However, I’m inspired by the idea that we can develop deep and productive communication, which focuses on what our experiences all most importantly have in common: our humanity, and the value of individuals beyond an image of difference and change.

Shannon working in Ecuador

Por Shannon Cantor

«Haz clic aquí para confirmar tus vuelos». Fui incitada por la pantalla pequeña de la tablet. «Ida: Quito – Baltimore, 19 de diciembre, 2016. Vuelta: Baltimore – Quito, 26 de diciembre, 2016» Acababa de hablar con mi madre, y mi abuela estaba enferma. Su cumpleaños es el día después de Navidad, y nadie sabía cuantos más tendría. En un momento sentí miedo. Pulsé «comprar».

El problema: definiciones, explicaciones y representaciones (¡Ay no!)

Durante los días y semanas siguientes a mi decisión de volver a Estados Unidos por navidades, empecé a sentirme atemorizada por la salida, con una ansiedad que inquietaba mis sueños. Literalmente. Al principio, no podía determinar la causa de mi pánico. ¿Ver a mi abuela enferma? ¿Quedarme apenas una semana escasa? ¿Cumplir con las expectativas ajenas (o las mías propias)? Probablemente, una combinación de las tres cosas y más.

En alguno momento durante esa fase de autoconfusión y psicoanálisis, recibí un correo electrónico de seguimiento de Anna, junto con un artículo que ella había escrito. Mientras que «Metaética» podría sonar como un tema abrumador y distante, se refería directamente a mi situación, y le puso nombre a la ansiedad que me había costado definir. El artículo trataba de la dificultad de la representación ética; esto es, cómo hablar sobre otros que son diferentes, sin incidir en su voluntad o mitigar su diversidad. Especialmente, en el contexto de explicar experiencias multiculturales, se vuelve demasiado fácil (incluso subconscientemente), caer en una descripción centrada en conceptos a nivel superficial, en lugar de a nivel de particulares humanos. Leyendo la perspectiva del problema, me di cuenta de que ese era mi mayor miedo: estaba preocupada por este problema de representación. Estaba preocupada por querer compartir una experiencia con un público que pensaba que no podría entenderlo, y tenía miedo de que cualquier intento de hacerlo, reiteraría, de alguna manera, una perspectiva inapropiada de trivialidades materiales.

La convicción más fuerte que había aprendido desde que empecé a trabajar con Tandana, dada la bienvenida a su gran comunidad de familiares y amigos, es la total irrelevancia a preguntas con vistas de dejar boquiabierto o de cautivar con propósito de innovación cultural. No me importa lo dura, fácil, lujosa o rural que esta experiencia haya sido en términos físicos, lo que ha sido más interesante e impactante ha sido lo mucho que me ha enseñado la gente y sus relaciones. Pero no sabía cómo explicar esta realidad sin describir un panorama desorbitado de algún estereotipo raro; «auténtico, nativo, quién sabe qué», del cual sentí que algunos de mis familiares y amigos ya estarían  predispuestos. ¿Cómo se suponía que tenía que representar/narrar lo que había aprendido en una vida cotidiana, real,  normal? ¿Cómo lo haría (y podría)? Contesto preguntas basadas en ideas malinterpretadas sobre «autenticidad rural» o «desarrollo solidario», ¿sin consolidar el marco ofensivo de la pregunta en sí misma? ¿Había una manera de comunicar experiencias y relaciones por encima de hechos a nivel superficial? No me fiaba de mí misma de hacer un buen trabajo, no confiaba que la bonita diversidad de cualquier ser humano, podría ser descrita con palabras, y nunca confié en que mi paciencia ante esto, resistiría la escasa semana en la que haría un intento de tal tarea. Me veía a mí misma en una esquina con una frustración agotadora, por ambas, las preguntas que esperaba y mis respuestas insuficientes ante ellas.

Shannon (sentada atras en negro) con voluntarios de Tandana y niños de Panecillo, Ecuador

El plan: autorepresentación o fracaso

Cuanto más pensé, más consideré: «a lo mejor este es el problema: quizá he anticipado una perspectiva que ve una forma de vida diferente de manera compasiva, de ser admirada o de ser expuesta en un museo para un veredicto final, concluso, y por supuesto, completamente infalible ». Bajo esta perspectiva, mi gran reto se convirtió en comunicar que una forma de vida diferente es aún única y bonita, como la vida misma. Mientras que nunca creía que reconocer la diferencia es malo, y de hecho celebrar la diversidad de este mundo es increíble, alguna acuñación socialmente creada de «cultura», sustituye a menudo a los propios humanos en los conceptos que describimos. De vuelta a los Estados Unidos, quería establecer diálogos productivos que reconociesen a los individuos más allá de la simple novedad cultural, y ver que tal diversidad es incluso más bonita como adorno al denominador común de la humanidad compartida.

He aprendido a apreciar a personas que conocí en Ecuador porque conocí a estas personas en relaciones prósperas y auténticas, donde cada persona se expresaba de una manera que mostraba su belleza al mundo. Mientras que nunca podría traer a mis familiares y amigos ecuatorianos a conocer a estos en Estados Unidos, mi representación de los primeros tenía que luchar por una simulación de este encuentro, así los otros, también podrían llegar a entender a la persona que había venido a conocer y a amar (a diferencia de solamente mis experiencias). Se desarrollaron dos estrategias en mi plan de acción para organizar estos encuentros virtuales: la primera era transmitir un objeto de autorepresentación. Como por ejemplo: le llevaría a mi hermana de acogida el libro de cocina de Claudia, el cual realizó para su proyecto en turismo y en el cual ella manifiesta su trabajo duro y creatividad. Quizá no sé expresarme bien para describirla, pero a lo mejor, ella podría añadir a mis descripciones a través del objeto de su propia expresión. La segunda estrategia fue presentada a través del artículo de Anna, aquel de las meta explicaciones. La idea era esta: provocar la atención de la insuficiencia a la representación y por consiguiente, el agradecimiento de la persona incapaz de ser reflejada. En otras palabras, señalar obviamente el defecto de mi habilidad al describir, como detalle por la increíble complejidad de lo que es, que estoy describiendo (por ej. una persona o relación). El ejemplo puesto en práctica: llevaría a cabo mi intento de descripción de Claudia, su visión de un proyecto de turismo, y su sueño firme por incluir a la comunidad en la conservación de su cultura. También utilizaría el libro de cocina para «permitirle hablar» a través de ejemplos específicos, de su toque creativo en recetas tradicionales. Pero terminaría con un comentario, que señaló claramente el hecho, de mi insuficiencia con respecto a la narrativa: «… Y solamente puedo describir una pequeña parte de lo que la familia me ha enseñado. Si realmente quieres saber los detalles, habla con los organizadores que hay detrás de todo esto…» o algo por el estilo.

Aunque no esperaba comunicarme a la perfección, me sentí de alguna manera más a gusto, provista de un vocabulario para describir mis pensamientos y la estrategia con la que lidiar mi ansiedad.

La realidad: sobrestimar mis niveles de emoción

Me perdí tres veces en diez minutos a la llegada al aeropuerto de Miami, y supe que ya no estaba como pez en el agua (siendo esto solamente el ejemplo más pequeño de choques culturales, que guardaré para otro debate), sumándole el complicado estado de salud de mi abuela, no puedo mentir diciendo que la semana fuese «entretenida». Mucho de lo que temí en la línea de mi duda, de hecho, vino (y se quedó) fuera. Mucho de esto se inclinaba hacia lo político, y mucho interés dirigido sencillamente a las comodidades materiales en mi vida, que para mí, se habían convertido de importancia secundaria. Dicho esto, había poca insistencia después de las preguntas iniciales sobre estos temas. Normalmente, me preguntaban una o dos preguntas, después la conversación se movía en otra dirección, cuando fracasaba en sorprender con un quién sabe qué, extravagante, cultural de mis experiencias. Esta tendencia de cambiar de tema más rápidamente de lo que esperaba, hizo mi vida más fácil. Sin embargo, mi esperanza había sido de alguna manera, encontrar palabras para abrir una conversación mutua desafiante. Quizá idealmente, tenía el objetivo de invocar alguna reflexión, aunque sin claridad de cómo eso ocurriría exactamente. La semana de navidades pasó rápidamente, a pesar de la exageración de la ansiedad previaje, y aterricé de vuelta en Ecuador sintiendo un jet lag emocional que era tan fuerte como el físico.

Shannon (segunda desde la izquierda) con sus hermanos

Cada historia teje ciertos hilos más prominentes que otros para enfatizar su diferencia en la revelación final. He hecho lo mismo, y por lo tanto, fracasé en mencionar el hecho esencial de que me quedo verdaderamente agradecida de haber viajado a casa por navidades. Fue un regalo ver a mi abuela, un privilegio ver a mi extensa familia, y un gozo estar con mis padres y hermanos. Es más, las conversaciones con mi familia inmediata fueron comprensivas y fantásticas; contaban con lo que intentaba expresar, y fueron realmente emocionantes de compartir. Obviamente, no todo el tiempo que pasamos fue hablar de mí (buena cosa, por cierto), pero por el bien de este blog, resumiré en decir: estoy agradecida por ellos, como personas que ven a los seres humanos por encima de estereotipos culturales, y reconozco nuestra oportunidad de pasar el tiempo juntos como un regalo. De hecho, todo el viaje, formó una experiencia que era tanto un privilegio alegre y no tan alegre, pero privilegio al mismo tiempo. Como toda situación extraña o rara, se demostró ser instructiva y estimulante en sentido diferente, y por lo tanto, fue una oportunidad valiosa de la cual estoy agradecida.

Por lo tanto, ¿qué lección «para llevar» consigo de esta semana relámpago? ¿Qué puedo decir de este proceso catártico de ansiedad, planes, apatía y posreflexión? Estás de acuerdo conmigo en que: la gente no se interesa mucho por nada, hasta que intercala en su camino para conmover su propia experiencia. Esta opinión podría sonar severa o cínica, pero no la propongo como una cualidad buena o mala, en cualquiera de las direcciones. De hecho, la veo como autoacogedora, completamente comprensible y universalmente aplicable a un grado u otro. Además, he leído esta idea millones de veces en teoría, literatura, testimonios, que la experiencia personal resuena más profundamente que cualquier otro acorde. Esto se demostraba claramente en la la mayoría de mis conversaciones en Estados Unidos. Estaba tan emocionada por compartir ciertas partes de mis experiencias, mientras que esas partes claramente resonaban… por supuesto… a mí. Igualmente, los aspectos que muchos otros pedían oír, eran simplemente los aspectos que conmovían sus experiencias personales, y todos demostramos ser ejemplos de esta característica en común.

La puesta en práctica: traducir la experiencia personal

Ahora, a mi vuelta a Ecuador,  mis preguntas se han desarrollado, emocionada por continuar luchando con las lecciones que aprendí: ¿cómo podemos traducir las experiencias para que conmuevan a otros como si fueran propias? Y, también, ¿cómo podemos aumentar el impacto personal de la experiencia en sí misma, para las conexiones que buscamos, que después de todo son de igual naturaleza profunda? Simplemente como planeé las técnicas para ayudar con la autorepresentación, me pregunto sobre el desarrollo de técnicas para ayudar a traducir y digerir la experiencia, con el fin de comunicar más que un entusiasmo superficial o novedad, en lugar de una profunda impresión que deja la situación (casi siempre es una relación o una lección, y por norma general, la mayoría, una combinación de las dos). Quizá esta herramienta podría manifestarse como una colección de autonarrativas, las cuales cubren un elenco de conceptos expresados diferentes. O quizá toma forma como un recurso de información a base de datos culturales, geográficos y políticos. Quizá se necesitan múltiples técnicas para ayudar en la traducción de un simple pensamiento, ya que personalidades diferentes responderán a diferentes estímulos, y cuanto más puntos de conexión se presentan, más probabilidades hay de que cualquier individuo resuene por alguno de estos estilos. Sea la forma que sea, de momento sin definir, estas técnicas también serían necesariamente producto de muchas ideas, muchos promedios y mucha gente trabajando en conjunto. En este sentido, incluido los proyectos en sí, en ambos, el modo de su creación y el diseño de su uso, se convertirían en catalizadores para el desarrollo y consolidación de las relaciones.

«Estaré en casa por Navidad» para mí ha tomado un nuevo significado. Involucró un previaje que me empujó a reflexionar y buscar recursos, un semiviaje mezclado de emociones y una lección inquisidora que es motivada por la puesta en práctica. No espero que la transición entre culturas y actitudes jamás sea fácil para nadie. Sin embargo, me inspira la idea en que podemos desarrollar una comunicación profunda y productiva, centrada en lo que todas y la gran mayoría de nuestras experiencias tienen en común: nuestra humanidad y el valor de los individuos más allá de una imagen de desacuerdo y cambio.

Shannon (à droite) avec de nouveaux amis en Equateur

Par Shannon Cantor

“Cliquez ici pour confirmer votre vol.” J’ai été invité par le petit écran de la tablette. ”Vol aller simple: Quito-Baltimore, le 19 Décembre 2016; Vol de retour: Baltimore-Quito, le 26 Décembre 2016. ” Je venais juste parler à ma mère et ma grand-mère était malade. Son anniversaire était le jour après Noël et personne ne savait pas combien d’autres anniversaires elle aurait. J’avais peur et j’étais pressé. Je cliquais sur “achat.”

Le problème: définitions, explications et représentations (Mon Dieu!)

Au cours des jours et des semaines qui ont suivi ma décision de revenir aux États-Unis pour Noël, je commençais à craindre le voyage avec une anxiété qui me hantait dans mes rêves. Tout à fait littéralement. Au début, je ne pouvais pas identifier la source de ma panique. Voir ma grand-mère malade ? Rester pendant moins d’une petite semaine? Répondre aux attentes des autres (ou à mes propres)?  Probablement un mélange de tous ces trois et plus encore. 

À un moment donné pendant cette période de tumulte et de psychanalyse, j’ai reçu un courriel de suivi d’Anna, accompagné d’un article qu’elle avait écrit. Alors que «Meta éthique» peut sembler, un thème lointain redoutable, il a parlé directement à ma situation et placé des mots sur l’anxiété que j’avais eu du mal à définir. L’article traite le problème de la représentation éthique; C’est-à-dire comment parler d’autres personnes qui sont différentes sans réduire ou réduire leur complexité. Surtout dans le contexte d’expliquer les expériences transculturelles, il devient trop facile – même inconsciemment donc – de tomber dans une description axée sur les images au niveau de la surface au lieu des individus humains. En lisant cette perspective du problème, je me suis rendu compte que c’était ma plus grande crainte : Je suis gêné par ce problème de la représentation. Je suis gêné parce que je voulais partager une expérience avec un public que je ne pensais pas qu’ils pouvaient comprendre; Et j’ai eu peur que toute tentative de le faire de manière ou d’autre re-force un mis-placé se concentrer sur des trivialités matérielles. 

La conviction la plus puissante que j’aie appris depuis que j’ai commencé à travailler avec Tandana, où ils m’ont accueilli dans sa grande communauté de famille et d’amis, est l’absence totale de questions qui cherchent à gawk ou wow à un objet culturellement nouveau. Il n’a pas d’importance pour moi combien dur, ou facile, ou luxueux, ou rural cette expérience a été en termes physiques; Façon plus intéressantes et plus percutantes ont été les gens et les relations qui m’ont tant appris. Mais je ne savais pas comment expliquer cette réalité sans peindre un tableau exagéré d’un stéréotype « authentique, naïf, qui-sait-ce», étrange, que je sentais que certains de mes amis et de ma famille étaient déjà prédisposés.  Comment étais-je censé représenter / re-dire ce que j’avais appris à être réel, normal, la vie quotidienne? Comment le ferais-je? Comment le ferais-je? Je réponds à des questions fondées sur des idées mal interprétées d’« authenticité rurale» ou « d’aide au développement» – sans solidifier le cadre offensif de la question elle-même? Y avait-il un moyen de communiquer les expériences et les relations sur les faits au niveau de la surface? Je n’ai pas fait confiance à moi pour faire un bon travail. Je ne croyais pas que la belle complexité d’un être humain puisse être décrite en mots et je ne faisais pas confiance à ma patience pour résister à la courte semaine pendant laquelle j’essayerais de faire une telle tâche. Je me suis senti frustré dans un coin à deux questions à cause de mon manque de réponses.

Le plan: l’auto-représentation ou le fiasco

Plus je pensais, plus je pensais: « Peut-être est-ce la question: peut-être que je m’attends à une perspective qui voit une forme de vie différente comme quelque chose à plaindre, à admirer ou à tenir dans une exposition de musée pour Un verdict final, concluant et bien sûr infaillible. Dans cette perspective, mon grand défi personnel a été de communiquer qu’une forme de vie différente est encore unique et belle exactement comme la vie elle-même. Je n’ai jamais cru que reconnaître la différence est mauvaise – et en fait célébrer la diversité de ce monde comme incroyable – certains socialement créé timbre de la « culture » souvent remplace les humains réels dans les images que nous peignons. En rentrant aux États-Unis, je voulais engager des dialogues productifs qui reconnaîtraient les individus au-delà de la nouveauté de la culture et verraient que cette diversité est encore plus belle que l’ornement au dénominateur commun de l’humanité partagée. 

J’avais appris à apprécier des individus que j’ai rencontrés en Équateur parce que je connaissais ces personnes dans des relations réelles et florissantes, où chaque personne s’exprimait d’une manière qui montrait sa beauté au monde. Alors que je ne pouvais jamais amener ma famille et mes amis équatoriens à rencontrer ceux des États-Unis, ma représentation de la première devait s’efforcer de simuler cette réunion – afin que celle-ci comprenne aussi la personne a laquelle je suis venu Connaître et aimer (par opposition à seulement mes expériences). Deux stratégies ont été développées dans mon plan d’action pour organiser ces réunions virtuelles: la première consistait à porter un objet d’auto-représentation. Pour donner un exemple, je ramènerais le livre de cuisine de ma sœur, la sœur Claudia, qu’elle a développé pour son propre projet dans le tourisme et qui manifeste sa créativité et son travail acharné. Peut-être, je ne peux pas la décrire très bien, mais peut-être que je peux les améliorer par l’objet de sa propre expression. La deuxième stratégie a été présentée dans l’article d’Anna – sur les méta-explications. L’idée était d’attirer l’attention sur l’insuffisance de la représentation et donc sur l’appréciation de l’homme incapable d’être capturé. En d’autres termes, pour souligner mon échec a décrire, comme point au cas, la complexité incroyable de ce que je décris (c’est-à-dire une personne ou une relation). Pour utiliser le même exemple, j’utiliserais ma tentative d’explication de Claudia, sa vision d’un projet dans le tourisme et son rêve fort d’inclure la communauté dans la préservation de leur culture. Je voudrais également utiliser le livre de cuisine pour «la laisser parler», à travers des exemples spécifiques de son goût créatif aux recettes traditionnelles Mais je voudrais terminer par un commentaire pour souligner le fait évident de mon insuffisante narration – “… et je ne peux décrire qu’une partie de ce que la famille m’a appris. Si vous voulez vraiment connaître les détails, parler à le cerveau derrière tout ça … »- ou quelque chose le long de ces lignes. 

Bien que je ne m’attendisse pas à communiquer parfaitement, je me sentais un peu plus à l’aise – armé de vocabulaire pour décrire mes pensées et la stratégie pour faire face à mon anxiété. 

La réalité: surestimer mes niveaux de fascination

Je me suis perdu trois fois dans les dix minutes après mon arrivée à l’aéroport de Miami et je savais que je n’étais plus dans mon élément. N’étant là que le moindre exemple des chocs culturels que j’épargnerai pour une autre discussion, je devais tout mettre au fait de l’état difficile de la santé de ma grand-mère. Je ne peux pas dire que la semaine a été tout “amusant.” La plupart de ce que je craignais dans la ligne de questionnement est venue, en fait, (et est resté sur) la surface. La plus grande partie de ce mouvement était orientée vers l’intérêt politique et bien orienté vers les conforts matériels de ma vie qui sont devenus tout à fait secondaires pour moi. Cela dit, il y a peu de suivi après les questions initiales sur ces thèmes. On m’a souvent posé une ou deux questions, puis la conversation s’est déplacée quand j’ai échoué à surprendre avec une folle, culturel, « qui-sait-quoi» de mes expériences. Cette tendance à changer le sujet plus rapidement que prévu rendait la vie plus facile. Cependant, mon espoir avait été d’une façon ou d’une autre de trouver des mots pour ouvrir une conversation mutuellement stimulante. Peut-être idéaliste, j’ai eu l’intention d’invoquer une certaine réflexion – mais sans clarté sur la façon exacte de ce qui se passerait. La semaine de Noël a passé très vite malgré le battage médiatique de l’anxiété avant le voyage. J’ai atterri en Équateur ressenti un jet lag émotionnel qui était tout aussi puissant que le physique. 

Chaque histoire tisse certains fils plus proéminents que d’autres, afin de souligner ses conséquences pour la révélation finale. J’ai fait la même chose et, par conséquent, je n’ai pas mentionné le fait essentiel que je sois sincèrement reconnaissant d’avoir voyagé à la maison pour Noël. C’était un cadeau pour voir ma grand-mère, un privilège de voir ma grande famille et une joie d’être avec mes parents et frères et sœurs. Les conversations avec ma famille proche, ont été favorables et fantastiques; Ils ont lié avec ce que j’ai essayé d’exprimer et ils étaient sincèrement excités à partager. Évidemment, tout notre temps n’a pas été consacré à parler de moi (une bonne chose, bien sûr), mais pour le bien de ce blog, je résume: Je les suis reconnaissant en tant que des personnes qui voient les êtres humains sur des stéréotypes culturels et je reconnais notre occasion de passer du temps ensemble en cadeau. Tout le voyage, en effet, supposait une expérience qui était soit un privilège joyeux, soit un privilège moins joyeux, mais un privilège en tout cas. Comme dans toutes les situations étranges ou difficiles, il s’est avéré instructif et énergisant dans un sens différent – et a donc été une occasion précieuse pour laquelle je suis reconnaissant.

Alors, quelle “leçon à emporter” est-ce que je prends d’une semaine de tourbillon? Que puis-je dire après un processus cathartique d’anxiété, de plans, d’apathie et de post-réflexion? Soyez patient avec moi quand j’observe: Les gens ne prennent vraiment pas beaucoup d’intérêt à quoi que ce soit, jusqu’à ce qu’il les affecte. Ce jugement peut sembler sévère ou cynique; Mais je ne le propose pas comme une bonne ou mauvaise approche dans les deux sens. En fait, je le vois comme auto-inclusif, complètement compréhensible et universellement applicable dans une mesure ou une autre. J’ai lu cette idée un million des fois dans les livres, dans la littérature, etc. que l’expérience personnelle résonne plus profondément que tout autre accord. Mais cela a été si clairement démontré dans la plupart de mes conversations aux États-Unis: J’étais tellement heureux de partager certaines de mes expériences, que ces expériences résonnent clairement, bien sûr, moi. De même, les aspects que beaucoup d’autres ont demandé d’entendre étaient tout simplement les aspects étaient liés à leurs expériences personnelles – et nous prouvons tous être des exemples de cette caractéristique commune. 

Shannon (extrême droite en arriere.) Avec volontaires Tandana, les amis, et les membres du personnel

L’application: traduire l’expérience personnelle

Lorsque je reviens en Équateur, mes questions ont acquis une plus grande complexité, alors que je continue à lutter avec les leçons que j’apprends: comment pouvons-nous traduire des expériences, afin qu’elles aient mieux touché les autres comme si elles étaient les leurs? Et aussi, comment pouvons-nous approfondir l’impact de l’expérience personnelle elle-même, de sorte que les connexions que nous cherchons par la suite soient de cette même nature intense? De même que je prévoyais les moyens d’aider à l’auto-représentation, je me demandais si le développement d’outils pour traduire et digérer l’expérience, jusqu’à la fin de la communication, était plus qu’un frisson superficiel de nouveauté plutôt que l’impression profonde d’une situation la gauche.  (Presque toujours une relation ou une leçon et le plus souvent une combinaison des deux). Peut-être, cet outil pourrait se manifester comme une collection d’histoires auto-dit, qui couvrent une gamme de concepts différemment exprimés. Ou peut-être, il prend forme en tant que base de données d’information sur les ressources culturelles, géographiques et politiques. Peut-être, plusieurs outils sont nécessaires pour aider  la traduction d’une pensée unique – pour différentes personnalités répondront à différents stimuli, et les points de connexion plus présentés, plus il est probable qu’un individu donné résonnera avec certains de ces styles. Quelle que soit la forme, à ce point indéfini, ces outils seraient aussi nécessairement des produits de nombreuses idées, de nombreux médiums et de nombreuses personnes travaillant ensemble. En ce sens, même les projets eux-mêmes – à la fois la structure de leur création et la conception de leur utilisation – ne deviendraient pas des catalyseurs pour le développement et le renforcement des relations. 

« Je serai à la maison pour Noël» a pris pour moi une nouvelle signification. Il s’agissait d’un stress avant le voyage qui m’a poussé à réfléchir et des ressources de recherche, un mélange à mi-parcours d’émotions et une leçon de dé briefing qui est motivant vers l’application. Je ne pense pas que la transition entre les cultures et les mentalités seront jamais facile pour quiconque. Cependant, je suis inspiré par l’idée que nous pouvons développer une communication profonde et productive, qui se concentre sur ce que nos expériences plus importantes ont en commun: notre humanité et la valeur des individus au-delà d’une image de la différence et le changement.

People Were the Best Part of an Intern’s Experience in Ecuador

Timothy( far right in black) with Tandana friends and staff members in Ecuador

Timothy (far right) with members of his host family and Tandana staff in Ecuador

By Timothy Grant

My internship in Ecuador began with an adventure before I even arrived there. My first plane to Bogota from New York arrived at the airport late. I thought that this would mean a shorter layover — yeah! — but as I got off the plane in Colombia, I discovered that my second flight had been canceled and I needed to find out where to go and what to do by myself. Luckily, while going through customs, I met a family from Quito that was returning home and therefore, heading the same way I was. They were kind enough to let me follow them around for the next few hours as we asked where to go and who to speak to. Somewhere along the way, I decided to text my friend Richard, who I planned to meet in Quito, that I would be late. As I looked up from my screen, they were gone. Again, I was left alone to find out where to go and what to do as a foreigner who didn’t speak the language well. After walking around and going back and forth, I decided to suck up my pride and ask for help. Luckily, I knew enough Spanish to do that. The airline’s check-in assistance crew was much more helpful than the rest of the airline had been, and they practically escorted me to where I needed to be. My first “win” in South America. I had made it through my first challenge, but I still did not know what would await me in Otavalo.

After my arrival, I met another surprise that I thought would be hard. The week following my arrival in Otavalo involved the death of my host mother’s father. This was clearly a dark time for the family as they were very close to him. You’d expect that the atmosphere of the house, for at least the next week, would be full of sorrow and sullen faces. However, that week I realized my luck in being matched with the Moreta Manrrique family. They were very conscious of the effect their attitudes would have on my first experience in South America and worked hard to make sure that the jokes and smiles continued despite their heartache. I accompanied them to the seven days of remembrance and prayer culminating in a final day for the burial. From that week on, my host family continued to facilitate me having grand and unique experiences in Ecuador. I saw many of the local landmarks including the Lechero, Parque Aquatico, and Laguna Mojanda with them. They are truly great people to know.

I think that’s the largest difference I’ve seen between life here and life in the States, the people. I have made friends in many parts of Ecuador, all of whom made my experiences outside of teaching classes the best any tourist could ask for. (As I write this, my friend Andre is inviting me to go to Quito with him to see the city for the last time and maybe even watch the new Star Wars movie.) I spent many of my weeks talking to and getting to know people. From the relatives of my host family to the strangers in the bus on the way to work, socialization and talking to people has been the greatest asset in shaping my experience in Ecuador. While it still annoys me that things like punctuality and planning events far ahead of time aren’t high on the list of values here, I can’t help but acknowledge how willing people are to have genuine interaction that doesn’t end in some type of gain; monetary or otherwise. It seems that when luxuries such as expensive phones and super speed internet are out of the picture, it’s easier to enjoy each other’s company.

Timothy (left in red) working in Ecuador during our health care volunteer vacation

Timothy (far left) working in Ecuador during our health care volunteer vacation

Por Timothy Grant

Mi periodo de prácticas en Ecuador empezó con una aventuras incluso antes de que llegase. Mi primer avión a Bogotá desde Nueva York llegó al aeropuerto tarde. Pensé que esto implicaría una escala más corta—¡genial!—pero nada más bajar del avión en Colombia, descubrí que mi segundo vuelo había sido cancelado y que necesitaba encontrar adonde ir y que hacer por mi misma. Afortunadamente, mientras pasaba por la aduana, conocí a una familia de Quito que estaba volviendo a casa y, por tanto, dirigiéndose en la misma dirección que yo. Fueron tan amables que me permitieron seguirles durante las siguientes horas mientras preguntábamos donde ir y con quien hablar. En algún punto del camino, decidí decirle a mi amigo Richard, a quien tenía planeado ver en Quito, que llegaría tarde. Cuando paré de mirar la pantalla, habían desaparecido. Otra vez, me encontraba solo para averiguar donde ir y que hacer como un extranjero que no hablaba el idioma muy bien. Con suerte, sabía suficiente español para hacerlo. La equipo de asistencia de la aerolínea en el check-in fue mucho más servicial de lo que había sido el resto de la aerolínea, y prácticamente me escoltaron a donde tenía que ir. Mi primeria “victoria” en América del Sur. Había superado mi primer desafío, pero todavía no sabía lo que me esperaba en Otalvo.

Después de mi llegada, me encontré con otra sorpresa que pensé que iba a ser dura. La semana siguiente a mi llegada involucraba la muerte del padre de mi madre de acogida. Era claramente una época sombría para la familia, ya que eran muy cercanos. Esperarías que la atmósfera de la casa, al menos durante la semana siguiente, estuviese llena de pena y caras tristes. Sin embargo, esa semana me di cuenta de la suerte que había tenido al ser emparejada con la familia Moreta Manrrique. Eran muy conscientes del efecto que sus actitudes tendrían en mi primera experiencia en América del Sur y se esforzaron para asegurarse de que las bromas y las sonrisas continuasen a pesar de su angustia. Les acompañé a los siete días de rememoración y rezo culminando en el día final el entierro. Desde esa semana, mi familia de acogida continuó facilitándome el tener una magnifica y única experiencia en Ecuador. Vi muchos de los puntos emblemáticos locales incluyendo el Lechero, el Parque Acuático y la Laguna Mojanda. Son gente excelente de conocer.

Creo que esa es la diferencia más grande que he visto entre la vida aquí y la vida en Estados Unidos, la gente. He hecho amigos en muchas partes de Ecuador, todos ellos habiendo logrado que mis experiencias fuera de las clases como profesor fuesen lo mejor que cualquier turista pudiese pedir. (Mientras escribo esto, mi amigo Andre me está invitando a ir a Quito con él para ver la ciudad por última vez y tal vez ver la nueva película de Star Wars.) Pasé muchas de mis semanas hablando y conociendo a gente. Desde los familiares de mi familia de acogida hasta los desconocidos del bus de ida al trabajo, el socializar y hablar con gente han sido los mejore valores que dieron forma a mi experiencia en Ecuador. Pese a que me molesta que cosas como la puntualidad y el planificar eventos con bastante tiempo no sean muy valoradas aquí, no puedo no reconocer lo dispuestas que están las personas a tener interacciones genuinas que no terminen en algún tipo de ganancia;  monetaria o de otro tipo. Parece que cuando artículos de lujo como teléfonos caros o el internet súper veloz no son comunes, es más fácil disfrutar de la compañía de los demás.

Timoteo (a la izquierda) con miembros del equipo de Tandana en Ecuador

Par Timothy Grant

Mon stage en Equateur a commencé par une aventure avant même d’arriver. Mon premier avion, de New York à Bogota, arriva en retard à l’aéroport. J’ai pensé que cela signifierait un court transit — Oui! –mais en descendant de l’avion en Colombie, j’ai découvert que mon deuxième vol était annulé et que je devais me débrouiller pour savoir où aller et que faire. Heureusement, en passant les douanes, j’ai rencontré une famille de Quito qui rentrait chez elle et, donc, se dirigeait vers la même destination que moi. Ils ont eu la gentillesse de me laisser les suivre pendant quelques heures, alors que nous demandions où aller et à qui parler. À un moment donné, j’ai décidé d’envoyer un texto à mon ami Richard, que j’avais prévu de rencontrer à Quito, pour lui faire savoir que je serais en retard. Quand j’ai levé les yeux de mon écran, ils avaient disparu. À nouveau, je me suis retrouvé seul, sans savoir où aller et ni que faire, en tant qu’étranger qui ne parle pas bien la langue. Après avoir déambulé et tourné en rond, j’ai décidé de renoncer à mon orgueil et de demander de l’aide. Heureusement, le peu d’espagnol que je savais m’a suffit. Le personnel d’aide à l’enregistrement de la compagnie aérienne a été beaucoup plus serviable que le reste de la compagnie ne l’avait été, et ils m’ont pratiquement escorté là où je devais me rendre. Ma première «réussite» en Amérique du Sud. J’avais passé avec succès ma première épreuve, mais je ne savais toujours pas ce qui m’attendrait à Otavalo.

À mon arrivée, un nouvelle surprise, que je considérais serait dure, m’attendait. Une semaine après mon arrivée à Otavalo, survint le décès du père de la mère de mon hôte. C’était vraiment une période sombre pour la famille, car ils étaient très proches de lui. On aurait pu s’attendre à ce que l’atmosphère de la maison fut, pendant au moins une semaine, pleine de tristesse et de visages renfrognés. Cependant, cette semaine là, je me rendis compte de la chance que j’avais d’avoir été mis en contact avec la famille Moreta Manrrique. Ils étaient très conscients de l’effet que leur attitude aurait sur ma première expérience en Amérique du Sud et se sont efforcés de faire continuer les blagues et les sourires malgré leur peine. Je les ai accompagnés pendant les sept jours de remémoration et de prière, aboutissant au dernier jour de l’enterrement. À partir de cette semaine, ma famille d’accueil a continué à me rendre possibles des expériences grandioses et uniques en Equateur. J’ai visité avec eux de nombreux sites, y compris Lechero, Parque Acuático et Laguna Mojanda. Ce sont vraiment des gens formidables à connaître.

Je pense que la plus grande différence que j’ai remarquée entre la vie ici et aux États Unis, ce son les gens. J’ai fait des amis, dans plusieurs régions de l’Equateur, qui ont tous fait de mes expériences, en dehors d’enseigner, les plus belles qu’un touriste puisse désirer. (Au moment d’écrire ceci, mon ami André m’invite à venir avec lui à Quito pour visiter la ville une dernière fois et peut-être même de regarder le nouveau film de Star Wars.) J’ai passé plusieurs de mes semaines à parler et apprendre à connaître les gens. Des proches de ma famille d’accueil aux étrangers dans le bus allant au travail, le fait de socialiser et de parler aux gens a été le meilleur atout pour la formation de mon expérience en Equateur. Bien que je trouve encore ennuyeux que des pratiques telles que la ponctualité et la planification d’activités bien à l’avance n’aient pas ici une haute priorité sur la liste des valeurs, je ne peux m’empêcher de reconnaître combien les gens sont disposés à une interaction authentique qui ne résulte pas dans un gain quelconque, monétaire ou autre. Il semble que lorsque les luxes tels que les téléphones coûteux ou l’internet à haut débit sont hors champ, il est plus facile d’apprécier la compagnie des autres.

Timothy travaillant en Equateur

Timothy en travaillant en Equateur

Potatoes and Community – The Staples of Life in Highland Ecuador

matthew2

Matthew and his host family

 

By Matthew Spehlmann

“Men of Corn” Herman’s dialogue to the volunteer group brought me back to the moment. There at the table sat a handful of volunteers from the States and a number of community members. In feast fashion, food was piled high and long spanning the length of the table. Potatoes, varieties of beans, corn, and hominy constituted what lay on the table. As varied as the food, the people reflected all walks of life. But here we all were eating together thriving on the staples of life in the northern Ecuadorian highlands – potatoes and community.

I remember the mornings before departing for Ecuador. Specifically, the early mornings when I was roused by a subtle discomfort. I would lay awake staring first at the ceiling then scanning my room in my family’s home in suburban Chicago. My luggage on the floor would inevitably arrest my gaze. It was hardly unpacked from my previous semester of study in Spain. I’d want to pull my covers over my head and wait for the scent of pancakes downstairs to stir me from slumber. But words from a former mentor had a way of breaking me loose from creature comforts before the butter even hit the skillets downstairs.

I will always relate to the words, “Ships are safe at port, but that is not what they are meant for” with Shooter’s face pinned in a grin his eyes laughing at the spray of the rapids and the composed fear of raft crewmates directing our vessel through rapids. Shooter had a way of walking the line between peril and safety that brought the adventurer out in me. Maybe it was his added line of “Run the meat.”

Running the meat, he wished us to believe, was a real phrase that meant taking the most difficult line through the rapid because, only then Shooter explained, did one get the most out of the experience.

Matthew (on the drum) and another Tandana staff member play with a local band

Matthew (on the drum) and another Tandana staff member play with a local band

Early on in Otavalo it was easy to notice that things were different, life was different. Storefronts themselves were slumberly put together. Indeed it was a roasted, stuffed pig that signaled a business was open to customers. What you needed was there, no sugarcoating about it.

It took time coming from Chicago to think of Otavalo as a big city. Daily sojourns to the surrounding communities of Otavalo turned into week and even month long stays in communities. All the while, my perspectives on customs that I had come to accept as norms began to change.

In the two staples I referenced–potatoes and community–were most clearly noted in one of the satellite communities of Otavalo. Breakfast was potato soup. Snack or dinner was most likely potato soup as well. The household rhythm circulated around cleaning clothes and tending the gardens and livestock. But every night the tulpa, the fireplace, would be cleared of various pots for stewing or simply heating water and would become the centerpoint of home.

Matthew and his host mother

Matthew and his host mother

It was quiet, relaxed, personable. In a funny mixture of Spanish and Kichwa the family and I would talk about small things or occasionally field a dream for the future. The funniest moments were pardoning the mistakes of the day. Nothing ever passed that couldn’t be excused by a laugh and acknowledgment that what happened, happened for the better.

Inevitably, there was the return to Otavalo. Suddenly people had schedules that kept them from being around each other. The fireplace was replaced by silent, dazed staring at the TV at the end of the day. I couldn’t feel free to walk into a neighbor’s house and feel shameless asking for coffee and company.

Matthew and a master gardener say goodbye to friends at the local school

Matthew and a master gardener say goodbye to friends at the local school

Of course, all my times going to and from communities happened in the context of group leading. I was the resident. Other volunteer participants would arrive and go through miniature but no less profound travels while my team and I were pulling the strings behind the trip keeping things in motion.

Part of my time was spent establishing relationships with group members, as well as other relationships of a longer term with communities, and all the while being steady with my team members. It was wild and like navigating a social environment not too dissimilar from the natural environment of the rapids I learned to grease with Shooter’s overseeing eye.

Thinking of the return home I think most about the word innovation. Everything back home needs to be innovating it seems. If it’s not world changing, it is a failure. That’s what scares me. The pace and assurance of a meal in a community wiped off a killer instinct bred in me from years in college. No. I see now people could benefit from less, from simpler lives lived side by side. It’s a funny trick “opportunity” plays.

 

Por  Matthew Spehlmann

Mateo con los niños de la escuela en una comunidad local

Mateo con los niños de la escuela en una comunidad local

”Hombres de Maíz” La charla de Herman al grupo de voluntarios me trajeron de vuelta al momento. En la mesa se encontraban sentados un puñado de voluntarios de los Estados Unidos y varios miembros de la comunidad.  A modo de banquete, la comida abundaba a montones y atravesaba todo lo largo de la mesa. Papas, todo tipo de legumbres, maíz, y maíz descorticado era lo que cubría la mesa.  Tan variado como la comida, la gente reflejaba todas las caminatas de la vida. Pero aquí, en las montañas al norte de Ecuador, comíamos todos juntos disfrutando de los elementos primordiales para la vida – papas y la comunidad.

Recuerdo las mañanas antes de salir para Ecuador. Sobre todo las mañanas más tempranas cuando despertaba por el más sutil malestar. Acostado y despierto, miraba fijamente el techo y posteriormente exploraba mi habitación en casa de mi familia en los suburbios de Chicago. Mi equipaje sobre el piso inevitablemente interrumpía mi contemplación. Desempacado a medias desde mi semestre de estudios pasado en España. En aquel momento, desearía cubrir mi cabeza con las sabanas y esperar a que el olor a panqueque del piso de abajo despierte mi sueño. Sin embargo las palabras de mi mentor encontrarían la forma de librarme de las comodidades antes de que la mantequilla se unte en los sartenes en el piso de abajo.

Siempre relaciono el dicho que dice “los barcos están a salvo en el puerto, pero eso no es para lo que están hechos” con la cara de Shooter con una gran sonrisa, y con su mirada burlándose de los bruscos oleajes y con el miedo combinado de los miembros de la tripulación que dirigían nuestro barco entre el brusco oleaje.  Shooter tenía una manera peculiar de caminar sobre la delgada línea entre el peligro y lo seguro, lo que hizo descubrir al aventurero que llevo dentro de mí. O tal vez fue su frase “Vive en carne propia”.

El quería que la frase Vive en carne propia, la entendiéramos como una frase verdadera que significaba tomar el camino más difícil del oleaje ya que, según Shooter, es solo así como uno puede vivir la experiencia al máximo.

En Otavalo, fue muy fácil darme cuenta muy pronto que las cosas eran diferentes, la vida era diferente. Las fachadas de las tiendas eran ensambladas estando aun dormidos. De hecho, un cerdo relleno a las brasas era la señal de que un negocio estaba abierto al público. Lo que se necesitaba estaba allí, sin ningún tipo de adornos.

Viniendo de Chicago, me tomó algún tiempo pensar en Otavalo como una ciudad grande. Estancias de un día en las comunidades circundantes de Otavalo, se convirtieron en estancias de varias semanas e incluso meses residiendo en dichas comunidades. Durante ese tiempo, mis perspectivas sobre las costumbres que yo ya había aceptado como las normas, comenzaron a cambiar.

Las dos elementos primordiales a los que me referí — las papas y la comunidad — Se distinguieron más claramente en una de las comunidades aledañas de Otavalo. El desayuno era sopa de papas. Los bocadillos o la cena eran muy probablemente sopa de papa también. El ritmo de la casa giraba al alrededor de lavar la ropa y mantener los jardines y el ganado. Pero cada noche, las ollas para preparar los guisados o simplemente para hervir el agua se quitaban de la tulpa, la chimenea, y ésta se convertía en el punto central de la casa.

Mateo con su madre anfitriona, hermana del anfitrión, y un amigo de Tandana

Mateo con su madre anfitriona, hermana anfitrióna, y un amiga de Tandana

Era tranquilo, relajado y muy personal. En una mezcla divertida del Español y Kichwa, la familia y yo hablábamos de pequeños detalles o de vez en cuando de nuestros sueños en un futuro. Los momentos más divertidos eran parodiar los errores del día. Nunca sucedió nada que no se podría justificar con una carcajada y un reconocimiento de que lo qué sucedió, sucedido por algo mejor.

Inevitablemente, habría que ir de vuelta a Otavalo. Repentinamente la gente tenía horarios que no les permitían pasar tiempo juntos. La chimenea fue substituida por silencio, y por mirar fijamente la televisión al final del día. No pude sentirme con la libertad de acercarme a la vivienda de un vecino y pedir un café y su compañía sin sentirme avergonzado.

Mateo pintando un mural con estudiantes voluntarios

Mateo pintando un mural con estudiantes voluntarios

Por supuesto, todas las veces que viajé entre las comunidades, fue como líder del grupo. Yo era el residente. Otros voluntarios que participaron, llegaban y partían en viajes iniatura pero igual de profundos, mientras que mi equipo y yo nos encargábamos de organizar el viaje y manteniendo las cosas en movimiento.

Parte de mi tiempo estuvo enfocado en establecer relaciones con los miembros del grupo, así como relaciones a más largo plazo con las comunidades, y todo el tiempo estar al pendiente de los miembros del equipo. Fue un tanto salvaje y fue como navegar un ambiente social no muy diferente al ambiente natural de los oleajes, aprendí con la supervisión de Shooter.

Pensando en mi regreso a casa, en lo que más pienso es en la palabra innovación. Pareciera que es necesario innovar todo de regreso a casa.  Si no es algo que cambie al mundo, es un fracaso. Eso es lo que me intimida. El asegurar un alimento en una comunidad, borró por completo el instinto asesino que forjé dentro de mi durante mis años estudiando la Universidad. No. Ahora veo cómo la gente podría beneficiarse teniendo menos, con vidas más simples,  viviendo lado a lado. Es un truco my gracioso lo que la “oportunidad” es capaz de hacer.

 

Par Matthew Spehlmann

Matthieu avec des écoliers dans une communauté locale

Matthieu avec des écoliers dans une communauté locale

Le discours de Herman sur “Les hommes de maïs” me ramena à la réalité. Là, un groupe de bénévoles venus des Etats-Unis ainsi qu’un groupe de la communauté étaient assis autour de la table. Dans une atmosphère de fête, les plats s’empilaient couvrant toute la longueur de la table. Des pommes de terre, toutes sortes d’haricots, du maïs, du hominy. Tout aussi varié que la nourriture présente, le groupe qui lui, représentait toutes les couches sociales de la société. Mais ici, dans ces hauts plateaux de l’Equateur, nous mangions tous, profitant des richesses que nous offrait la vie. Des pommes de terre, une communauté.

Je me souviens des matins avant mon départ pour l’Equateur. En particulier les réveils tôts occasionés par une certaine gêne. Je restais allongé, éveillé scrutant le plafond puis analysant ma chambre dans la maison de mes parents, dans la banlieue de Chicago. Mon regard butait sur mes valises posées au sol. Je les avais à peine défaites de mon dernier semestre d’études passé en Espagne. Je n’avais qu’une envie, tirer ma couverture sur ma tête et attendre que l’odeur des pancakes d’en bas vienne me sortir de ma léthargie. Mais je repensais aux mots d’un ancien mentor et ces derniers me libéraient de ce petit comfort avant même que le beurre ne touche la poêle dans la cuisine.

Les mots suivants auront toujours pour moi une signification profonde: “Un bateau dans un port est en sécurité, mais ce n’est pas pour cela qu’il a été construit. Je revois le visage crispé de Shooter, ses yeux riant devant les rapides tandis que l’équipage dirigeait avec peur le radeau à travers ces derniers. Shooter avait cette capacité à garder l’équilibre entre risque et sécurité ce qui faisait ressortir mon côté aventurier. Peut-être était-ce aussi cette expression qu’il utilisait toujours ‘mener la viande’.

Cette expression ‘mener la viande’ existait vraiment, du moins c’est ce qu’il voulait nous faire croire, et signifiait prendre la direction la plus difficile dans les rapides parce que seulement alors on pouvait en tirer de l’experience.

Très vite à Otavalo, j’ai remarqué que les choses étaient différentes, la vie était différente. Les vitrines des magasins étaient décorées de manière très somnolente. Un cochon farci et grillé indiquait aux clients si le magasin était ouvert. Tout ce dont vous aviez besoin était là, pas de faux-semblants.

Etant de Chicago, j’ai mis un certain temps à considérer Otavalo comme une grande ville. Les visites journalières aux alentours, dans d’autres communatés se sont vite transformées en longs séjours de quelques semaines voir de quelques mois. Peu à peu, mon point de vue sur les coutûmes que je considérais comme les normes, commença à changer.

Les deux éléments de base évoqués précédemment, pommes de terre et communauté sont clairement présents dans une des communautés d’Otavalo. Au petit-déjeuner, soupe de pommes de terre, au goûter ou au diner, soupe de pommes de terre aussi. La vie du foyer était rythmée autour du lavage des vétements, de l’entretien du jardin et du bétail. Mais tous les soirs, on retirait de la tulpa, de la cheminée des pots a stew où des pots dans lesquels on faisait chauffer de l’eau.

Famille d'accueil de Matthew

Famille d’accueil de Matthew

L’atmosphère était paisible, détendue et agréable. Avec la famille, dans un drôle de mélange d’espagnol et de Kichwa, nous parlions de choses simples et quelques fois nous parlions de nos reves pour le futur. Les moments les plus amusants étaient lorsqu’ils mes pardonnaient les erreurs que j’avais commises durant la journée. Rien ne se passait sans un fou rire et la certidude que tout ceci n’était que pour le meilleur.

Bien sûr le retour à Otavalo était inévitable. Soudainement, tout le monde avait un emploi du temps et plus personne ne pouvait se voir. Le foyer avait était remplacé par le silence, comme hébété à regarder la télévision à la fin de la journée. Je ne me sentais ni libre ni sans honte d’aller chez le voisin pour demander un café ou de la compagnie.

Matthew (à droite) avec un bénévole pour des vacances bénévoles en soins de santé

Matthew (à droite) avec un bénévole pour des vacances bénévoles en soins de santé

Tout ces allers et retours dans ces communautés se sont produits dans un contexte où j’étais le leader du groupe. J’étais le résident. Les autres bénévoles arrivaient et partaient, des voyages assez courts pour eux mais tout aussi profonds. Mais mon équipe et moi, nous devions tirer les ficelles afin que tout soit toujours en mouvement.

J’ai passé une partie de mon temps à établir des relations avec des nouveaux membres ou des communautés tout en restant en contact avec mon groupe. C’était assez fou, un peu  comme naviguer à travers un environnement social proche de l’environement naturel des rapides.

Lorsque je pense à mon retour chez moi, je pense surtout au mot innovation. Tout a besoin d’être innovant en permanence. Si ça n’apporte aucun changement au monde alors c’est un échec. Et c’est précisemment ce qui m’effraie. Le ton et la garantie d’un repas au sein d’une communauté ont effacé ce côté travailleur acharné qui s’était installé en moi au cours de mes années universitaires. Je réalise à présent que les personnes peuvent profiter tout en ayant moins, en menant des vies simples, les uns auprès des autres. C’est un tour assez drôle  que nous joue l’opportunité.

Traduit de l’anglais par Charlotte Galland

Grinning from Ear to Ear: A Former Intern Celebrates Tandana’s 10th Anniversary

Aaron

Aaron

By Aaron DiMartino

I found The Tandana Foundation, or should I say that The Tandana Foundation found me in the summer of 2012. I had just returned stateside from a stint with the Peace Corps and I was still bursting with youthful idealism. I wanted to go back to Ecuador. I hadn’t done enough. I hadn’t given enough of myself to feel worthy and to feel like I had made a difference in the world.

A co-worker insisted that I meet Anna Taft and a friendship was born, just like the friendships that The Tandana Foundation creates in the Indigenous communities where it spends its time. We arranged that I would intern for the fall round of programs and shortly thereafter I was thrust into a world that I did not know. Was it work? Yes. Was it hard work? Yes. Was it fun? Yes. Was it rewarding? It was incredibly rewarding.

I was asked recently at a workshop to reminisce on a time that I set out to do something and achieved success. I explained the following story that still brings a smile to my face every time I tell it. Imagine a man, an elderly man who has trouble hearing and who has worked in a field the majority of his life. He’s sitting in a chair designed for a school aged child, has a gown around him, and he’s quietly wincing in pain as I slowly and carefully clean his ear with a waterpik. Now, ten minutes later, imagine a look of surprise and a smile on his face when he exclaims that he can now hear out of that ear again after not being able to for the previous 15 years. He leaves me with a polite nod, puts his traditional hat back on his head and starts his long walk back to his home. Don’t ask what I took out of his ear–you won’t be glad you did.

It’s the little moments of success that when added together make up more than the sum of its parts.  It was the opportunity to do something for someone and not expect anything in return.  It was the chance to feel like I made a difference in someone’s life, even if ever so briefly, for a person whom I may never see again.  It was The Tandana Foundation’s commitment to these people and to their way of life that allowed me to have that opportunity, an opportunity that I am forever grateful for.

I would like to congratulate the Tandana Foundation on ten years of doing what needs to be done, for leading by example, and for making a difference in the world. Thank you from the bottom of my heart.

Aaron and other Tandana staff members

Aaron and other Tandana staff members

Por  Aaron DiMartino

Yo encontré a La Fundación Tandana, o debería decir que La Fundación Tandana me encontró a mí en el verano de 2012. Yo acababa de regresar a los Estados Unidos después de una experiencia con Cuerpo de Paz, todavía reventando con idealismo juvenil. Yo quería regresar a Ecuador. Yo no había hecho lo suficiente. Yo no había dado lo suficiente de mí mismo para sentirme una persona digna y para sentir que había hecho una diferencia en el mundo.

Un compañero de trabajo me insistió para que conociera a Anna Taft y una amistad nació, igual que la amistad que la Fundación Tandana crea en las comunidades Indígenas donde la fundación está presente. Planeamos que yo haría una pasantía en los programas del otoño y corto tiempo después yo estaba inmerso en un mundo desconocido. Era trabajo? Sí. Era trabajo duro? Sí. Era divertido? Sí. Era gratificante? Era increíblemente gratificante.

Recientemente me preguntaron en un taller que recordara un momento en que me propuse a hacer algo y lo logré. Yo conté la siguiente historia que todavía me produce una sonrisa cada vez que la cuento. Imagina a un hombre, un hombre mayor que tiene problemas de audición y que ha trabajado en el campo la mayor parte de su vida. El está sentado en una silla diseñada para un niño de edad escolar, tiene puesto un delantal impermeable y que está en silencio haciendo una mueca de dolor mientras despacio y con cuidado limpio su oreja con un inyector de agua. Diez minutos más tarde, imagina su mirada de sorpresa y una sonrisa en su cara cuando exclama que ahora puede escuchar por ese oído de nuevo después de no poder hacerlo por 15 años. El se despide con un gesto amable, se pone su sombrero tradicional en la cabeza y comienza su largo camino de regreso a su casa. No me preguntes qué le saqué de la oreja, porque no querrías saber lo.

Son los pequeños logros que juntos representan más que la suma de sus partes. Era la oportunidad de hacer algo por alguien y no esperar nada a cambio. Era la oportunidad de sentir que había hecho una diferencia en la vida de alguien, aunque sea muy breve, incluso para una persona que quizás nunca vuelva a ver de nuevo. Fue el compromiso de La Fundación Tandana con estas personas y con su forma de vida lo que me permitió tener esta oportunidad, una oportunidad por la que estoy eternamente agradecido.

Me gustaría felicitar a la Fundación Tandana por diez años de hacer lo que se necesita, por liderar con base en el ejemplo, y por hacer una diferencia en el mundo. Grac ias desde el fondo de mi corazón.

Aaron6

Aaron and his host family –the Fuerez Andrango family

Par Aaron DiMartino

J’ai trouvé la Fondation Tandana ou devrais-je dire plutôt c ‘est elle qui m’a trouvé en 2012 en été. Je venais tout juste de rentrer des Etats-Unis, après avoir passé un certain temps avec le programme de bénévolat Peace Corp et j’étais alors rempli d’idéalisme juvénile. Je souhaitais retourner en Équateur. Je n’en avais pas fait assez. Je n’avais pas assez donné de moi-même pour me sentir utile et me dire que j’avais changé quelque chose dans ce monde.  

Un collègue avait insisté pour que je rencontre Anna Taft. Une amitié s’était alors créée tout comme l’amitié qu’avait créée la Fondation Tandana avec les communautés indigènes. Nous avions décidé que je serais stagiaire pour le programme d’automne mais peu de temps après je fus entraîné dans un monde que je ne connaissais pas. Était-ce du travail ? Oui. Était-ce difficile? Oui. Était-ce drôle ? Oui. Était-ce enrichissant ? C’était incroyablement enrichissant.

On m’avait récemment demandé, lors d’une réunion, de revenir sur un moment j’avais entrepris quelque chose et réussi. J’ai alors raconté cette histoire qui, aujourd’hui encore me fait sourire lorsque j’en fais le récit. Imaginez un homme, un vieil homme qui a des problèmes d’audition et qui a passé la plus grande partie de sa vie à travailler dans un champs. Il est assis dans une chaise pour enfant, vêtu d’une blouse grimaçant de douleur pendant que je lui nettoie très doucement et très prudemment son oreille à l’aide d’un petit irrigateur. Imaginez dix minutes plus tard sa surprise et son sourire quand il s’exclame qu’il peut enfin entendre de cette oreille après quinze ans de surdité! Il partit en me faisant un signe de la tête pour me remercier, remis son traditionnel chapeau et entama sa longue marche pour rentrer chez lui. Ne me demandez pas ce que j’ai retiré de son oreille, vous le regretteriez.

Ce sont ces petites réussites qui, additionnées montrent que l’ensemble vaut bien plus que la somme de résultats individuels. C’était l’opportunité de faire quelque chose pour quelqu’un sans rien attendre en retour. Le sentiment d’avoir fait une différence dans la vie de quelqu’un même très brièvement même en sachant que je ne le reverrai probablement jamais. C’est l’engagement de la Fondation Tandana auprès de ces personnes et de leurs manières de vivre qui m’a offert cette opportunité dont je suis à jamais reconnaissant.

J’aimerais remercier la Fondation Tandana pour faire depuis dix ans déjà ce qui doit être fait ; pour être au premier plan par exemple et faire une différence dans ce monde. Merci du fond du cœur.

Aaron with school kids from the community of Quichinche who he worked with on a gardening project

Aaron with school kids from the community of Quichinche who he worked with on a gardening project